Opinión

El tránsito a NAFTA 2.0 en medio del 'buy American' de Trump

 
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Donald Trump

Desde el 1 de enero de 1994 y hasta el viernes pasado, el NAFTA colocó a México, Canadá y Estados Unidos en el mismo lado de la mesa. Con la firma de ese tratado comercial se creó un andamiaje legal que redujo aranceles privilegiando a sus consumidores finales y generó la integración de múltiples cadenas de valor que construyó una región muy competitiva en el mercado global.

La implementación resultó dura al inicio. Miles de empresas se tuvieron que ajustar, rediseñar o refundar sus costos y modelos de negocio para mantenerse competitivas. Las fuentes de trabajo cambiaron, la oferta de productos y servicios se modernizaron y las exportaciones dentro y hacia otras regiones se multiplicaron.

Como consumidores, los habitantes de la región NAFTA nos acostumbramos inmediatamente a los beneficios de tal apertura. La oferta de productos se amplió dramáticamente y los estándares de calidad esperada se homologaron hacia arriba.

El viernes pasado, sin embargo, nuestros socios americanos rompieron con esa normalidad. Patearon la mesa y, en voz de su nuevo presidente, se llamaron abusados. Aún y cuando 56 por ciento de su déficit comercial viene de China, 17 por ciento de la Unión Europea, 11 por ciento de Japón y sólo 9.0 por ciento de México, ya nos habían anticipado en su proceso electoral que ellos no veían el NAFTA como una región de producción compartida, sino como un marco en el cual unos les vendían a los otros y un acuerdo en el que ellos dicen 'haber perdido'.

Para el presidente Trump, el que 40 centavos de cada dólar que México exporta sean con insumos producidos en Estados Unidos no nos convierte en socios estratégicos.

Tampoco el que nuestro país compre 15.5 por ciento de las exportaciones de su país, incluidos la gran mayoría de los combustibles que importamos.

En su toma de posesión sintetizó su nueva filosofía proteccionista: “buy american” y “hire american”.

En tanto se configura lo que esperemos resulte ser un NAFTA 2.0 funcional para tres, lo peor que podemos hacer empresarios y consumidores mexicanos es actuar como si todo lo fuera a dictar la Casa Blanca o, peor aún, como si no pasara nada. Las circunstancias obligan a lo siguiente:

1) A apoyar las negociaciones del gobierno federal, buscando nutrir la discusión técnica y procurando atenuar tanto las necedades ideológicas de los negociadores gringos, como los protagonismos dañinos de los negociadores mexicanos.

2) Quienes tienen relaciones de negocios con americanos y canadienses, explicarles qué cambiaría para mal en su respectiva relación si Estados Unidos abandonara el NAFTA o si cambiaran las previsiones del tratado que hoy les resultan funcionales a esos negocios concretos.

3) Sustituir con prontitud las compras de todos los insumos y productos no indispensables manufacturados en los Estados Unidos y
–gradualmente– de aquellos insumos estratégicos también. Este planteamiento no es un patriotismo maniqueo, sino el acto de negocios lógico frente a un dólar sobrepreciado, inestable y ante la amenaza unilateral de ese país de encarecer o entorpecer el libre comercio bilateral con México.

4) Revisar dónde hay oportunidad para incrementar la competitividad de los productos y servicios para el mercado exportador, más allá del puro efecto de la devaluación del peso.

5) Y lo que siempre nos tenemos que recordar, diversificar importaciones y exportaciones hacia el sur, el este o el oeste.

Más temprano que tarde conoceremos lo que Estados Unidos realmente buscará cambiar, agregar o eliminar del NAFTA. Sabremos, también, la reacción concreta de los canadienses. Entre tanto, construir un entorno para una renegociación funcional, técnica, multisectorial y menos emocional debe ser la primera tarea de todos los mexicanos que entienden la trascendencia de lo que se viene.

La antesala deL NAFTA 2.0 está aquí y ya es tiempo de gestionarla.

Twitter: @MCandianiGalaz

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