Opinión

El tocayo Tola de Habich

Uno. Hoy por hoy resulta normal, y promisorio, hablar de los siglos XIX y XX de la literatura mexicana. En la tarea por hacerse, con rigor y multidisciplinariamente, de la historia (las historias) de la literatura patria, cada vez gana más terreno (por ahora conceptual) esta perspectiva que llamo LP (Long Play, larga duración).

Se explica el corte. Con la Guerra de Independencia (1810-1821), se inicia un proceso mexicano de múltiples facetas: organización política, economía propia, educación popular, producción artística e intelectual, autonomía mental (la que tomó más tiempo).

Y si, específicamente, el siglo XIX lo fue de la construcción de la nación mexicana, en tal hazaña los afanes políticos, literarios y militares, corren parejos. No sorprendería un álbum Ignacio Manuel Altamirano (mi paisa), o un álbum Vicente Riva Palacio, con escenarios ora civiles, ora bélicos. Posando en la tribuna con gesto declamatorio (la Revolución Francesa como numen); revisando pruebas en una sala de redacción; empuñando la espada en una trinchera. Fotografías rebosantes de autenticidad.

Dos. A partir de 1940, digamos, sociedad y cultura corren por canales diversos, especializados; aunque sin perder la conexión profunda. Ahí están, colmando las tres primeras décadas del siglo XX, la novela de la Revolución, el corrido, el Muralismo. En plata: El Ateneo de la Juventud, la apertura de la Universidad Nacional, el pensamiento constitucional de avanzada, el vasconcelismo educativo (el político, el presidencialista, todo un desastre; origen de la eternidad suspirante: Muñoz Ledo, Camacho, el inge Cárdenas, López Obrador); las vanguardias (que mal que le pese al otro fraterno sudamericano, Luis Mario Schneider, unen las paralelas de estridentistas y contemporáneos).

Y en el pasado mediato e inmediato, están por discernirse a fondo cuestiones varias, sin las que el presente, este 2014, resulta ininteligible. De un lado, la revuelta cultural de los 60 que termina politizada (¡ay, la silla, la grande!) hasta los tuétanos. De otro: la desinstauración de la Revolución Mexicana y, a cambio, plato de lentejas, la apuesta exclusiva y excluyente a la democracia electoral. Fuente de la nueva nota roja: la partidaria.

Pero me salí de madre.

Tres. Tanto como a José Luis Martínez, por contundente ejemplo, a Fernando Tola de Habich, debemos la invención del siglo XIX literario mexicano. Hazaña que va de la revaloración de las librerías de viejo (en algunos casos, de polvorientos tiraderos a butiques) a la edición de obras y colecciones beneméritas como La Matraca y la Serpiente Emplumada; pasando por la publicación en tres tomos, de Museo Literario. Corpus pionero, innovador entonces y hoy, a la par fundamental y desaparecido. Inconseguible.

Entre 1984 y 1990, mi tocayo Tola divulga los frutos de una verdadera adicción contraída diez años atrás: el hallazgo de un peruano procedente del otro boom latinoamericano, el de la industria editorial catalana que lanzó al mundo a Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez (los Four Fab de América), Cabrera Infante, Puig, Onetti (mi solitario héroe ético)...

El hallazgo, decía, de Fernando Tola de Habich, de la literatura mexicana del siglo XIX. Esto en un paraje poblano, Santa Rita Tlahuapan, que Tola terminará por volverse célebre. Tanto, por lo menos, que el vecino y bullente San Martín Texmelucan. Al igual que Belem Clark, José Luis Martínez, Javier Garciadiego, Ana Laura Zavala, Ivan Shulman, merecí el privilegio de tener a la mano todo el siglo XIX impreso. Primeras ediciones de libros, folletos, periódicos, revistas, parafernalia. En reciprocidad, lo admito, indújelo en la afición de la Revolución Mexicana. A tal grado que acaba de dar a luz una cicóplea bibliografía literaria de la Revolución Mexicana (a partir del acopio de ¡24 mil 78 fichas!).

Cuatro. Me permito sugerir dos formas de lectura de Museo Literario, si tiene usted la fortuna de encontrarlo.

En primer término, en orden, las tres autobiográficas, eruditas, sugerentes, valientes “Presentaciones”; crónica del vicio contraído, sus avatares, hallazgos y fracasos (la burocracia que acalla La Matraca; bajo la tesis inepta de la irrelevancia de las letras del XIX). En segundo, en orden o desorden, el placer de los tres tomos.

Asimismo, me permito reiterar al autor, allá en su masía catalana Mollá arriba, la exigencia de una reedición (si ampliada mejor aún) de Museo Literario.

Artículo, para nosotros, de primera necesidad.