Opinión

El TLCAN y las travesuras de la fe

 
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TLCAN

Por fin este miércoles 16 se vieron las caras los negociadores del TLC. Equipos y declaraciones por delante, lo cierto es que a los tres les espera ardua tarea para conseguir una visión real, creíblemente regional, merced a la cual Norteamérica empiece a escribirse con mayúsculas.

El zar del presidente Trump ante el Senado estadounidense ya adelantó sus pretensiones y obsesiones. El secretario Guajardo, por su parte, hace lo propio en el Congreso y con grupos de la academia y la política; advierte sobre la dureza que puede venir y anuncia algunos aspectos puntuales, pero graves, donde no se puede conceder.

La ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, Chrystia Freeland, dice que las prioridades de su país tienen que ver con temas laborales y de medio ambiente; antes había sido contundente en cuanto a no ceder en el capítulo de resolución de controversias.

Más allá de la obsesión mercantilista y autoritaria que alimenta los (malos) humores de Trump y sus fieles, no parece haber fideísmo en los otros flancos de la negociación.

Sin festinar sus alcances, como se hizo y en exceso con la negociación de 1993, los vecinos de Estados Unidos parecen seguir una ruta de realismo y hechos consumados y consagrados para, desde ahí, ir hacia la reconstrucción de una perspectiva que, además de ser regional, como se dijo, sea portadora de horizontes y escenarios de efectivo progreso para las tres sociedades.

Trump abusa del reclamo social que, siendo real, se basa en diagnósticos erróneos. Si es que hay algún tramposo, de conceder en el calificativo, no son los mexicanos sino las transnacionales domiciliadas en Estados Unidos pero implantadas ya desde los ochenta del siglo XX en mundo y medio.

Junto con ellas, los gobiernos y los centros de opinión imaginaron la gloria del mercado mundial unificado, así como la inevitable adaptación de los trabajadores 'dislocados', gracias a la operación 'quirúrgica' de las leyes del mercado.

Lo que ocurrió no fue precisamente esto y el costo de haber caído en estas trampas de la razón son los monstruos que ahora gobiernan ese país y los que su bárbara y desquiciada retórica ha traído a la superficie, como parece empezar en Virginia. A nosotros también la fe y la razón nos jugaron más de una mala pasada.

Los trabajadores industriales y manufactureros crecieron y se diversificaron y en el campo se han dado avances en regiones y productos, donde se cultiva con éxito y se gana buen dinero en la exportación, pero no más.

Los 'many Mexicos' nos siguen 'recordando' que el mundo rural no ha logrado superar la secular bifurcación de ingreso y bienestar; también se mantienen la reproducción de la desigualdad y la pobreza masiva.

El Procampo sirvió para multiplicar, como panes, las riquezas de los ricos pero no para la reconversión productiva, menos para mejorar el ingreso de los más.

La maquila y otras modalidades de exportación secundaria tampoco han mejorado la distribución de sus frutos y, en prácticamente todas las ramas propulsadas por el TLC, la mala distribución de los ingresos y la práctica inexistencia de organismos de defensa y promoción laborales son la regla.

De ahí que, junto con la urgente cuestión ambiental y su perfil multidimensional, tendrá que emanar la agenda central de la osada asociación, comercial y de inversiones, que la contumacia de Trump ha puesto en la picota. Vista desde los panoramas señalados, hay que asumir que tendría que ser una agenda de integración y desarrollo, productiva y tecnológica, pero también de redistribución social y compensación territorial.

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