Opinión

El TLCAN, que ahora sí

 
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TLCAN

Que ahora sí, que ahora no… finalmente el empresario-presidente se sometió a las reglas del procedimiento y la política; aunque, eso sí, la incertidumbre marque la pauta debido al temperamento mercurial del hombre malo de la Casa Blanca. Nada, esta vez, de poses de campaña para seducir a los condenados de la globalización sino, al parecer, una manera constitucional de hacer política, por mal que le pese a la propia y venerable Constitución.

Así arranca lo que se nos dice será la fase final de una negociación que por lo pronto nos ha llevado a caminar en círculos, derrochar energía retórica y política, a desgastarnos como conjunto nacional y a presenciar el decaimiento casi vertical del aparato estatal y de sus actuales conductores. Y todo para tratar de asegurar una cuota dentro de un mercado mundial hoy postrado, sin haber creado las condiciones mínimas para extraer valor adicional de nuestras ventas externas y destinarlo a la ampliación y profundización de nuestras bases fundamentales para un desarrollo futuro digno de tal nombre.

¿No será este el momento de preguntarnos con seriedad sobre la o las maneras de aprovechar, para nuestra economía y su mejor desempeño, esas fabulosas ganancias condensadas en los cientos de miles de dólares de exportaciones logradas por casi treinta años? ¿Es momento ya de circular los vocablos prohibidos durante la negociación y 'venta' del TLCAN, en particular aquellos vinculados con las asimetrías en los niveles de vida de los tres socios, en sus respectivas infraestructuras físicas e institucionales, así como en sus ordenamientos federales y regionales destinados a propiciar la mejor gobernanza posible del territorio y sus poblaciones?

Lo que sí parece claro es que una interpretación parroquial de la conveniencia y la realpolitik aconsejaría, otra vez, dejar para después estas y otras cuestiones similares. Pero a la vez, las circunstancias actuales son muy diferentes a las que Salinas y los suyos hubieron de encarar, tanto en el plano interno como en el internacional y, en particular, en la relación bilateral. Éstas pujarían con vigor por una reconsideración a fondo de lo que somos hoy, si es que en efecto se quiere realizar una negociación trinacional, entre semejantes, asentada en las fortalezas políticas de los estados y sus respectivos gobiernos.

No veo cómo los “mejores y los más brillantes” negociadores encabezados por el secretario Guajardo puedan evadir, en los postres o a la hora del whiskie, los sangrientos acontecimientos de la hora; tampoco imagino cómo podrían dejar de lado las cifras duras de la pobreza masiva o la desigualdad inicua, tanto en las áreas y sectores directamente vinculados con el régimen del TLCAN como en el resto del país y su geografía, donde todavía vive la mayoría de los mexicanos y hace unas décadas se originó la gran migración de fin y principio de siglo.

Si, como dicen los mensajeros, ya viene la buena ventura, bien podríamos intentar montar como gran escenario y antesala para la negociación un auténtico coloquio nacional, desde luego político y económico, pero también sobre el carácter social que nos abruma, para vernos mejor y adquirir la mínima perspectiva histórica que unos intercambios como los que nos han anunciado Trump y su banda reclaman. No vayamos a repetir la 'inocentada' en que incurrimos entre 1992 y 1993 con la industria cultural y en particular el cine; o a creernos la cínica versión de que el Tratado, sobre todo, ha servido para amarrarle las manos al Estado y sus tentaciones populistas y expropiatorias.

Aparte de vernos poco creíbles por superficiales, perderíamos otra vez la oportunidad de incursionar en los terrenos, veredas y sótanos de nuestros extravíos económicos y políticos. Prolongados por más de treinta años, éstos no sólo han costado demasiado sino que, al mantenerlos, nos alejan de una posibilidad real de corregir el rumbo y aventurar la búsqueda de un nuevo curso de desarrollo.

Una hora de la verdad como la sugerida bien podría auspiciar un reencuentro con la trayectoria perdida; no tanto como 'modelo' a repetir, sino como pauta desarrollista a rearmar y poner en curso.

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