Opinión

El tigre magisterial

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CNTE. (Cuartoscuro)

México no sabía –al parecer sigue sin saber bien a bien– cuántos profesores tiene en sus escuelas públicas. El censo escolar que se realizó por primera vez en 2013, a raíz de la reforma educativa, arrojó la cifra redonda de un millón 200 mil. Sin embargo, las cuentas no le cuadran a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), entre otras razones, porque no permitió realizar el censo en los estados en los que tiene mayor fuerza. En Oaxaca y Michoacán, por ejemplo, no participaron 27 por ciento de las escuelas; en Chiapas 41 por ciento. En su momento la SEP señaló que se actuaría conforme a la ley, y que en 2015 se eliminaría de la nómina a los maestros que no hubieran sido censados.

Sin embargo, los líderes de la CNTE tenían sus razones para oponerse al censo. Durante más de 20 años (desde 1992 hasta la implementación de la reforma educativa) los gobiernos de los estados fueron los responsables de controlar la nómina de las escuelas públicas. En este largo periodo, una mezcla de contubernio e intimidación (circulan historias de gobernadores que lloraban de miedo ante las amenazas de la CNTE) permitieron a las cúpulas magisteriales inflar de forma espectacular el número de plazas, y contar con cuantiosos recursos para su uso discrecional. Al concluir el censo de 2013 nos encontramos que, de las personas contratadas como maestros, había casi 300 mil que no aparecían en las aulas. Por supuesto, los grupos más aguerridos, como la célebre sección 22 de la CNTE en Oaxaca, fueron también los más beneficiados. La reforma educativa que se aprobó bajo el amparo del Pacto por México, con todo y sus defectos, tenía el mérito de plantear una ruta para terminar con esta dinámica perversa.

Claro está, la CNTE no se puede quedar de brazos cruzados. La Coordinadora es un ente succionador de recursos, como atinadamente la llama Ricardo Raphael. En un lenguaje más metafórico, podríamos decir que es como un tigre; una criatura voraz a la que los mexicanos debemos alimentar puntualmente, sólo para mantener su furia en relativa calma. Lo anterior, de ninguna forma nos exenta de esporádicas demostraciones de fuerza, como la que padecimos en el DF la semana pasada, y las que son el pan de todos los días en Guerrero o en Oaxaca. Hoy que el gobierno federal ha retomado el control de la nómina –como se establece en la reforma educativa– el tigre ruge.

Paradójicamente, la CNTE nació como una fuerza democratizadora al interior del magisterio. Sus demandas originales se centraban en que la elección de los líderes sindicales se realizara por medio del voto universal de todos los maestros. Sin embargo, el clientelismo, las simulaciones, la discrecionalidad y la opacidad con los que se hace política en los grandes sindicatos mexicanos, han impuesto en la CNTE del siglo XXI una lógica muy parecida a la del SNTE de la maestra Elba Esther Gordillo. Los maestros que quieran ascender con base en el mérito, o los que simplemente tengan demasiados escrúpulos, no tienen cabida en estas estructuras.

Los sindicatos no pueden seguir operando así. Muchos profesores en México viven y trabajan en condiciones deplorables. De acuerdo al censo de 2013, 40 por ciento de las primarias y secundarias no tienen drenaje. Sin duda, los profesores merecerían contar con una organización que buscara transformar estas condiciones y que velara por sus intereses laborales. Sin embargo, sin garantías mínimas de transparencia y de democracia, el movimiento magisterial seguirá encabezado por cúpulas mafiosas que se enriquecen a costa de todos los mexicanos y a espaldas de sus agremiados. Eliminar a los maestros aviadores, junto con todos los mecanismos que hoy permiten a la cúpula sindical apropiarse y ejercer recursos discrecionalmente, es una condición necesaria para transitar hacia organizaciones sindicales modernas en el magisterio.

Ahora bien, el problema de la semana pasada no fue de democracia sindical, ni siquiera de nómina, sino el potencial de caos en el corazón de la ciudad de México. Los maestros de la CNTE ya le tomaron la medida al gobierno y hace tiempo que nos la tomaron a los ciudadanos; ya saben dónde nos duele más. Basta con bloquear el Paseo de la Reforma, con amagar con un plantón en el Zócalo, y la ley se torna altamente flexible.

Es difícil saber a ciencia cierta hasta qué punto la CNTE consigue siempre todo lo que quiere. La estrategia de exigir y amenazar en público de modo vociferante, y conducir en privado negociaciones silenciosas, se presta para toda clase de componendas, e impide el análisis objetivo y equilibrado. Lo deseable sería que el gobierno fuera firme (ciertamente más de lo que ha sido) en la ruta planteada por la reforma educativa, aunque sin llegar a la intransigencia. Con organizaciones como la CNTE hace falta una mano que apriete, pero que no estrangule. Para ello se hace necesaria una visión de Estado, pues para cualquier gobierno siempre será más sencillo ceder ante presiones como las de la CNTE y posponer la solución de fondo. Por lo pronto, al parecer, le seguiremos dando de comer puntualmente a este tigre indomable.

Twitter: @laloguerrero

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