Opinión

El tapado

08 diciembre 2016 13:13
 
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Tapado. (Partido Migrante Mexicano)

La reunión de la alta jerarquía priista con el presidente Peña Nieto la semana pasada abrió la puerta para el inicio de las campañas hacia la candidatura de 2018. Si bien es cierto que falta por pasar la aduana de 2017 en el Estado de México, queda claro que esta es una posición que decidirá de manera única y sin presión alguna el primer mandatario, tanto por su origen mexiquense como por el conocimiento preciso de las personalidades y el entorno mismo de la entidad. Es en el tema de la sucesión presidencial, donde Peña relanza la tesis de Reyes Heroles de “primero el programa y luego el candidato”, en un intento por alinear a los aspirantes en torno a un modelo de gobierno a continuar.

Esta estrategia revive de nuevo en primer término el derecho del presidente en turno de elegir a su sucesor en lo que conocimos durante la hegemonía priista como 'el tapado', y en segundo el principio de la necesaria subordinación de todos los priistas a la decisión a la que finalmente llegue el actual dueño de la silla presidencial. Habrá que ver hasta qué punto los contendientes estén dispuestos a tolerar una decisión que provenga de un mandatario que ya no posee el poder de sus antecesores, y a partir del hecho de que la sola designación de la candidatura no garantiza el triunfo en las urnas.

El echar al ruedo a figuras como José Antonio Meade, Miguel Ángel Osorio Chong, Aurelio Nuño e incluso a Luis Videgaray, supone la obligación de cada uno de ellos de presentar en el papel y en los hechos una propuesta de gobierno que adivine de manera precisa las intenciones del actual presidente para el futuro del país. Además, la obsesión con el peligro populista encarnado en la figura de López Obrador obliga a los aspirantes a la candidatura presidencial priista a demostrar sus cualidades para poder competir y vencer a un atractivo abanderado del populismo, y cuyas posibilidades de triunfo aumentan en la medida en la que los errores y fracasos de la actual administración encienden la llama de un enojo social que ve en el liderazgo del iluminado la salida a los problemas nacionales.

En definitiva, la decisión de Peña Nieto de regresar al viejo modelo del 'tapado' responde a la imposibilidad de una transformación profunda del PRI para elegir liderazgos y candidatos. Si los panistas lograron ajustar su sistema de elección interna, y los perredistas siguen entrampados en la lucha de sus corrientes, el PRI apuesta a la disciplina de su militancia y a la subordinación de todos a la decisión presidencial independientemente de los bajos niveles de popularidad del primer mandatario. El interrogante radica en si el priismo en su conjunto respaldará la decisión presidencial, y si esta es suficientemente sólida como para lanzar desde ahí a un candidato capaz de vencer a las otras opciones que se presentarán en 2018.

Por supuesto que la aduana mexiquense será definitiva para la designación del candidato presidencial tricolor. Si el PRI logra triunfar en el Estado de México, su índice de confianza electoral subirá notablemente potenciando al eventual candidato a la silla grande. Sin embargo, un resultado adverso no sólo alejara al Revolucionario Institucional de la posibilidad de ganar la presidencia en el 18, sino que generará una lucha interna por la designación del candidato, en la medida en que la voz del actual primer mandatario quedará prácticamente silenciada.

Hoy, los precandidatos priistas a la grande dependen de muchos factores para llegar a Los Pinos. Primero, que el actual presidente los escoja, y segundo, que el PRI sea capaz de revertir una tendencia negativa en el votante que los ha venido persiguiendo durante todo este año. Difícil tarea.

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