Opinión

El tamaño de la injusticia

    
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ME Color de piel. (Especial)

En los últimos días se han publicado un par de trabajos que ilustran mejor las condiciones de desigualdad en México. Por un lado, Alfredo Bustos y Gerardo Leyva, de INEGI, publicaron un artículo en la revista Este País, titulado “Hacia una estimación más realista de la distribución del ingreso en México”. El texto no puede considerarse una publicación del Instituto, pero sí un resultado parcial de las investigaciones que se están realizado ahí para, precisamente, estimar mejor la distribución del ingreso en el país.

En breve, lo que encuentran Bustos y Leyva al complementar la información de la ENIGH con los datos fiscales (que creo que por primera vez se usan para esto en México) es que las dos fallas tradicionales de las encuestas (subestimar ingresos y no considerar a los más ricos de forma adecuada) también existen en México, y cambian mucho los resultados. De acuerdo con este estudio, el 10% más rico de la población no se lleva poco más del 30% de ingreso, sino el 50%. Esto implica que este 10% más rico tiene un ingreso equivalente a 57 veces lo que obtiene el 10% más pobre. Supera la cifra tradicional de alrededor de 20 veces, pero no llega a la estimación que había publicado Oxfam, de 83 veces. Por la metodología e información, el dato presentado por Bustos y Leyva es más exacto.

Esta terrible distribución no se limita al 10% más rico. El 1% más rico recibe el 17.3% del ingreso total de los hogares que es ligeramente superior al ingreso acumulado del 60% más pobre del país. Y la concentración continúa: el 0.1% más rico tiene el 5.2% del ingreso total, equivalente a 52 veces su tamaño relativo. El 0.01% alcanza 146 veces, el 0.001%, 392 veces; y el 0.0001% 1,022 veces.

El dato menos feo es que con esta metodología se encuentra que la proporción de hogares debajo de la línea de pobreza sería de 30%, en lugar de 44%, como calcula Coneval con datos de INEGI. Cabe aclarar que el método de Coneval es comparable históricamente y con otros países, mientras que el de Bustos y Leyva sólo lo sería con otros que usen la misma metodología. Es decir: es una mejor foto, pero no es comparable con nada, por el momento. Siguiendo el título del artículo, es una buena idea de hacia dónde avanzar, pero no demasiado rápido.

El segundo trabajo relevante es el módulo de movilidad social intergeneracional a junio 2017, publicado por INEGI, éste sí de manera oficial. Los datos son muy interesantes: hay una mayor penetración educativa; todos los grupos de edad perciben que su situación actual es mejor que la de su familia de origen, pero esta percepción es menos marcada conforme más jóvenes son las personas; hay cierta “herencia de actividades”, etc.

Pero lo que más llamó la atención fue un tuit del presidente de INEGI, Julio Santaella, que recalcó un resultado: el color de piel en México está muy relacionado con el tipo de empleo, el nivel educativo, y los ingresos de una persona. No es un determinante lineal, ni mucho menos, pero no hay ninguna duda de que mientras más clara es la piel, mejor empleo, más estudio y más ingresos tiene una persona en México. Aunque lo que publica INEGI es la información, hay un estudio de Raymundo Campos y Eduardo Medina, de El Colegio de México (Skin Color and Social Mobility: Evidence from Mexico), en proceso de revisión, que confirma sin lugar a dudas esta relación entre color de piel y suerte en la vida (al menos, la material).

Información para entender mejor el tamaño de la injusticia en México. Más allá de elecciones y políticos, urge entrarle.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

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