Opinión

El superamigo

    
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Toma de protestas de Luis Enrique Miranda al frente de la Sedesol. (Cuartoscuro/Archivo)

Había una vez un poderoso secretario. Era el titular de la Sedesol y más que eso, era público que ostentaba el honorable cargo del mejor, del superamigo del Presidente, quien lo mantuvo en diversos puestos durante todo el sexenio. Como buen amigo, nunca tuvo un papel protagónico o muy destacado. Salía poco en los medios. Quería dejar en claro que él no necesitaba ganarse la voluntad del poderoso. Por eso, lo suyo era lo oscuro, lo tenebroso. Todo lo arreglaba con dinero. Por supuesto, el dinero no era suyo, sino de las arcas públicas.

Su nombre es Luis Miranda. Es mexiquense. Es de esos que exportaron Toluca a Palacio Nacional y que entendían el país como una Tolucota gigante. Ejemplo del político priista viejo, no dudaba en filtrar a columnistas su relación personal con el Presidente. Cuando fue subsecretario de Gobernación, no hubo problema que no llevara en su solución millones de pesos, sabedor del viejo refrán que dice: en política, lo que cuesta dinero es barato. Miranda hacía sentir su influencia para que el secretario Chong no se fuera a desbocar en sus ambiciones electorales. Era un informante presidencial de primera mano. Un subordinado lejano del mero mero en el organigrama, pero un amigo cercano que es hombro y oreja, de esos que se reúnen en Ixtapan de la Sal.

Todos lo tenían por una mente fría y calculadora. El consejero que habita las tinieblas y que se aparece en los momentos de silencio presidencial para aconsejar en todos los temas. Uno lo podía imaginar en el golf diciéndole: “córtale la cabeza”; “deshazte de él”; “que te valgan madre los intelectuales, con ellos no se gobierna”; “fulanito no vale el tiro, ni te desgastes con él”; “deposítale algo, no se va a negar y estará en silencio”; “mándale a Chong”; “que Luis le congele las cuentas”; “encarcélale al hijo, le va doler y no hablará”; “ofrécele una candidatura”; “a Ruiz Esparza mándalo a capacitarse al Centro Fox, Vicente lo pone al tiro, le va a despejar la mente”; “quítenle el tren a los chinos”; “te dije que no invitaran a Trump, vas a tener que quitar a Luis”; “sí estuvo cabrón el temblor, pero no digas que fuiste el único que lo sentiste”; “vas a tener que poner a Luis de nuevo”; “tú métele la lana al Edomex, es nuestra tierra, con esa nos reponemos y asumes el control del partido”; “no recibas a Manlio, ya está rucón”; “a Madero trátalo bien, dale palmaditas en la espalda, dile que es bien inteligente y te va a adorar”; “ a los del PRD dales dinero y se hunden solos, ya sabes…”; “Rosario es de fiar, en el fondo es de las nuestras, es tricolor”; “ayúdale a Anaya, pero cuida que no crezca mucho, se ve que si le ofreces pastel se lo come todo, te clava el cuchillo, se limpia la boca y se chinga el plato. Aguas”.

Pero no, resulta que no es ese consejero. En lugar de eso tenemos al tipo que no pudo votar el día de las elecciones, porque su credencial estaba vencida. Tenemos al funcionario que le dice a una diputada que vaya al psiquiatra. En lugar del gran consejero que gusta del poder y la influencia de nivel, tenemos al politicazo típico que su familia tiene gasolineras que venden combustible adulterado y que al cuestionársele dice: “yo qué chingados”. Miranda, el superamigo, es una más de las decepciones de este sexenio.

Twitter: @JuanIZavala

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