Opinión

El súper star del instante

Mi gran oportunidad o la comedia está en la voz. Ligera autobiografía llena de momentos graciosos, Mi gran oportunidad (2013, David Frankel) cuenta la vida y peripecias del ligeramente obeso cantante aficionado Paul Potts (James Corden), que siguiendo su sueño de cantar ópera, consigue comprarse un lugar en la exigente escuela veneciana del obeso exitoso Luciano Pavarotti (Stanley Townsend) sólo para ser humillado por el divino maestro divo a pesar de haber conquistado primero el corazón de su amada Julz (Alexandra Roach) y luego el respeto y los labios de la bella soprano Alessandra (Valeria Bilello con la voz de Kylie Watt). Pero ante el fracaso cosechado, el discreto vendedor de celulares en un olvidado puerto de Gales se toma a broma su vida como perseguido eterno por todos los abusadores del pueblo que se burlan de su gordura y de su afición al bel canto. Y narra su vida como si la estuviera proponiendo a Verdi mismo para que escriba un libreto, antes que para una ópera, para una jocosa operetta en la que ama, sufre y al final triunfa gracias al programa televisivo Britain’s Got Talent. Esa justa representación de La Gran Oportunidad del titulo, y con la que hará que en su voz radique el entusiasmo de una comedia para él profundamente entrañable: su vida misma, claro está.

Mi gran oportunidad o la hora de los aficionados. La esencia del film contempla exaltar de principio a fin el concepto del aficionado como uno profundamente talentoso. Las secuencias clave incluyen la reconstrucción del programa que le dio vida a su exitosa carrera musical. Así que se detallan con lujo los momentos previos en los que apuesta todo al volado que su ya entonces esposa Julz le hace perder para inscribirse al show televisivo que encabeza el arrogante patán Simon Cowell (interpretándose, por supuesto, él mismo), que al final termina conmovido por la entrega con la que Paul canta a Puccini. Así, la hora de los aficionados se reivindica y de la serie de espectáculos caseros dignos de verse para ser de inmediato bocabajeados en medio de estridentes risas, surge ese hombre con voz diamantina que transforma el escenario produciendo sentidas lágrimas en la mujer del jurado y hasta confusión en Cowell (“trabajas en una tienda de celulares y, de repente, ¡esto!...”). Es la puesta al día de la exaltación de ese aficionado que de súbito se convierte en estrella mediática; ese personaje anónimo que salta de un día para otro a la palestra mundial.

Mi gran oportunidad o lo único posible. A la deriva en un pueblo donde puede ganarse unas libras tanto vendiendo celulares como participando en incontables torneos de cantina en los que incluso su propio padre lo traiciona hasta la revancha final, el buen Paul enfrenta una vida de minero o vendedor de segunda. No lo sabe pero en algún momento se le presenta esa única oportunidad, ese One Chance, tan apreciado por él al ser el título original del film y de su primer disco en el que canta ciertas arias. Esa única oportunidad lo lleva al estrellato, incluso de su propio film, como algo circular en su vida antes poblada de fracasos y ahora en el camino a un éxito al parecer constante y que el propio film celebra al final con una salva atronadora de aplausos, no se sabe si ante el concierto que concluye en el Royal Albert Hall -con reina Isabel II incluida como fan del inesperado triunfador- o ante el asumido éxito conmovedor del film mismo, desde el inicio tiernamente fotografiado con tenues luces por Florian Ballhaus. Es así que Frankel prepara, desarrolla y entrega una crónica amable de un fenómeno musical, ganador de la primera edición de Britain’s Got Talent y que sin duda pavimenta el camino para la ganadora de la tercera edición, la ahora multi reconocida Susan Boyle, quien ha de estar a la espera de una cinta idéntica a ésta para completar el díptico del aficionado convertido en super star del instante. Hasta que triunfe otra versión de ellos mismos en futuras ediciones del programa televisivo (o de otro similar que para todos los gustos hay).