Opinión

El sueño de
Ricardo Anaya

     
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Anaya. (Cuartoscuro)

                                                A Margarita Zavala, con afecto y gratitud.

Un día le escuché decir a Germán Martínez que lo único que le quitaba el sueño era entregar dividido al PAN. Intuyo, por algún recuerdo aislado, que esa expresión la recogió de Carlos Castillo Peraza. Cuando competí por la dirigencia nacional y hablaba a los panistas de unidad, recordaba siempre el tono angustiante de aquella frase. Vi muchas veces a Germán perder el sueño, como seguro también lo perdían muchos de sus antecesores. Esa frase expresa una duda permanente: ¿Cómo mantener cohesionado a un partido acostumbrado a la competencia y al debate? ¿Cómo arbitrar la vibrante pluralidad interna? ¿Qué se debe hacer para que cada uno tome su lugar y dé lo mejor de sí? ¿Cómo gobernar esa nuestra terca aspiración libertaria?

El PAN ha tenido varias crisis internas en su historia. De distintas intensidades y magnitudes. Algunas han tenido motivaciones ideológicas. Las más se explican por nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo. Muchas de nuestras dinámicas internas inducen, además, al conflicto. El debate no resuelto sobre cómo y cuánto abrirnos a los ciudadanos y, en especial, el incentivo perverso al control del padrón, es la principal causa de nuestras tensiones internas. Quien controla el padrón, se apropia del partido; quien tiene el partido, tiene las candidaturas; quien elige las candidaturas, define el gobierno; quien define las coordinaciones parlamentarias, monopoliza la interlocución política. Es nuestro círculo vicioso. El patrón de la captura y, también, de la exclusión. La perversión de la democracia interna y la falsificación de la representación de nuestra pluralidad. El mal que hemos reproducido década tras década. El agravio que se olvida una vez echado el guante al padrón de militantes.

Los panistas nos dedicamos a la política, pero no hacemos política hacia dentro. Somos capaces de dialogar y negociar con nuestros adversarios, e incapaces de encontrarnos a medio pasillo con nuestros compañeros. En muchas ocasiones, competimos más fuerte adentro que afuera. Concedemos mayor respeto a nuestro contrincante externo que al panista que rivaliza en el propósito interno. Hemos olvidado aquel deber de honrar la camaradería castrense: la vieja consigna de hablar bien de uno y evitar hablar mal del otro. Nos preparamos para competir contra el PRI para utilizar todo ese arsenal de recursos y habilidades en contra de otro panista. Nuestras batallas cada vez son más cruentas. Vivir o morir, sin tregua. No hay más.

La coyuntura que vive el PAN y que se simboliza con la salida de Margarita Zavala, tiene un componente adicional: no tenemos árbitro, juez, pacificador. El partido se ha convertido en un cuadrilátero de muchos pugilistas amontonados en las esquinas, sin referí, tiempos y límites. El error de Ricardo Anaya no es aspirar a la candidatura presidencial, sino hacerlo a costa de su deber de conducir a la organización por encima de sus intereses personales. Nadie le cuestiona su derecho a competir: lo que muchos le reprochamos es que rehúya a que los panistas decidamos, que no genere las condiciones de imparcialidad y equidad para que otros procuren su propia aspiración, que gobierne a la institución con el mazo maniqueo del 'conmigo o contra mí'. Quienes, en público y en privado, le hemos cuestionado su dualidad no nos dirigimos al jefe nacional, sino al precandidato. Él decidió tener las dos posiciones; él decidió someter su liderazgo a debate. Sin duda tiene derecho a rodearse y a apoyar a sus leales, pero también la obligación de cuidar los liderazgos que se formaron y agregan en el partido. Su función como presidente nacional es escuchar a las partes de un conflicto y tejer las posibilidades del entendimiento. Tiene la responsabilidad de ser la última instancia de distensión, antes que el motivo de la confrontación. Debe, como imperativo ético, dormir poco para que no se la fracture el partido.

Margarita Zavala se fue porque todos los espacios se le habían cerrado. Pidió insistentemente no la candidatura, sino una oportunidad para presentarse ante los panistas como una opción. Exigió piso parejo y reglas claras. Sólo recibió por respuesta un frentazo. Ricardo Anaya, el precandidato la excluyó, mientras el otro Anaya, el presidente Nacional, estaba plácidamente guardando una siesta.

La salida de Margarita es el último fracaso de la política en el PAN. De esa buena política que es intención de entendimiento, ánimo de cooperación, disposición a ceder, razón trascendente. Es la consecuencia de una dualidad. El resultado de querer ser presidente de México, pero no de Acción Nacional.

* El autor es senador de la República.

Twitter:
@rgilzuarth

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