Opinión

El silencio que reverbera

 
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arte

Recuerdo un viaje hace muchos años, cuando andaba de mochilera a los veinte en Turquía, entrar a un hammam y recibir el baño más renovador que me han dado en la vida. Y digo han dado por que en ese entorno de luz de colores, de vapor de agua caliente, de gotas que caen formando un eco y de silencio, entró una mujer semidesnuda y muy robusta a lavarme como si fuera yo una especie de niña recién nacida a quien había, con el amor de la tierra, que cuidar y abrazar y recorrer en este milenario ritual que está ligado a la mujer y a lo atávico.

Durante la última semana de Documenta en Kassel, el evento de arte más importante del mundo que se celebra cada cinco años en esta pequeña ciudad alemana, visité una parte de la exposición que se llevaba a cabo fuera del circuito habitual, en unas serie de locales  hechos de vidrio que parecían más vitrinas que negocios. En estos espacios el curador Adam Szymczyk decidió poner unas de las propuestas más radicales, debajo de un edificio gubernamental que había sido 'ocupado' por instalaciones más alternativas, entre ellas un cúmulo de telas con motivos abstractos colgados del techo, instalación de Vivian Suter (Buenos Aires, 1949), intitulada Nisyros, La cama de Vivian (2016).

Entrar a este espacio tomado totalmente por las telas colgadas y dispuestas por todos lados, como sábanas, como alfombras, como cuadros que filtraban y alteraban la luz, y que envolvían al visitante con sus colores brillantes, provocaba una fuerte respuesta corporal, era como estar a salvo en un mundo de luz y color, como en aquel hammam turco.

Vivian Suter es una artista nacida en Buenos Aires en 1949, hija de padres europeos exilados en Argentina, después de la guerra. En 1962 se fue a vivir con su familia a Suiza donde creció, y en 1983 mientras viajaba por Centroamérica decidió instalarse en Guatemala, cerca del pueblo de Panajachel a orillas del lago Atitlán, el que Humboldt
calificara como el más bello del mundo.

Desde entonces tiene su estudio en una antigua plantación de café rodeada de árboles de mango y de aguacate que fueron sembrados ahí para proteger los cafetales. La pintura de Suter ha sido a menudo definida como una meditación abstracta de la naturaleza de gran formato, inspirado por este exuberante escenario. A veces, Suter deja sus pinturas secándose a la intemperie, donde el sol, la lluvia, el viento 'terminan' su trabajo. En dos ocasiones su estudio se inundó, y sus telas fueron manchadas por el agua y del lodo, convirtiéndose en una bitácora de su creación (serie que llamó Ágata, como el huracán que azotó la zona) y muchas otras fueron destruidas, lo que representó un regreso a la misma naturaleza que las inspiraba.

Esta inclusión del proceso de creación en el trabajo también marca la forma en la que estos trabajos se presentan en público, sin marcos, sin título, sin ser firmados, y colgados del techo de la sala, o de unos racks, como si fueran estandartes, mamparas o sudarios paganos y cotidianos, que contrastan con el rigor, con el espacio limpio, con la racionalidad de los recintos dedicados a la exposición.

Sus telas pueden ser gestos desordenados que contienen su propio esfuerzo kinético, otras veces son rayas o patrones geométricos coloridos que nunca se repiten; a veces son telas rasgadas que nos recuerdan a otra cosa, a un motivo africano, a una idea oriental, a la obra de otro artista. Estas piezas disímiles trabajan en conjunto, y buscan a la vez una sonoridad y un silencio; son simultáneamente excesivas y depuradas, pero sobre todo rehúyen la determinación visual y la categorización del lenguaje.

Si las primeras obras de Suter fueron signos abstractos repetidos que podían organizarse como un idioma, o acciones y elucubraciones que correspondían a cierta retórica contemporánea de la producción de arte, ahora Suter parece haberse liberado de muchas de las imposiciones discursivas, temáticas, estéticas del medio artístico. Si el entorno en el que vive la artista ha impactado su obra, no es formalmente, sino en la compañía de esta naturaleza, y en la realización de una actividad diaria alejada de los circuitos del arte.

El componente procesual de la obra de esta artista apátrida –o con varias de ellas– parece incluir sus viajes, que la llevaron a trabajar en Basilea, Viena, Roma, en varios países africanos, y desde hace 30 años en Guatemala, y el silencio y la dedicación que requiere la confección de estos enormes pendones. Su trabajo, que fue mostrado este año en el Museo Experimental El Eco, y ahora es representado por la galería House of Gaga en nuestra ciudad, lleva lo personal a un extremo filosófico, casi político, como silencio que reverbera, un poco como la luz.

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