Opinión

El señor Ebrard

1
       

        

Marcelo Ebrard Casaubón

El Tribunal Federal Electoral echó abajo la candidatura del señor Ebrard a una diputación plurinominal por Movimiento Ciudadano. Fue una decisión dividida: cuatro votos contra el presidente del Tribunal, Constancio Carrasco. La litis, como dicen los abogados, está en el concepto de simultáneo.

La mayoría de los magistrados encontró que el señor Ebrard se había postulado simultáneamente por dos partidos, lo que está penado. Pero el presidente del Trife, como el propio Ebrard, consideran que esto no es cierto, toda vez que el aspirante renunció al PRD, cuando se le negó una candidatura, y luego se postuló por Movimiento Ciudadano.

La cuestión está en cómo se debe interpretar “simultáneamente”: si se interpreta como una coincidencia estricta en el tiempo, no hay duda de que el señor Ebrard y el presidente del Tribunal tienen razón. Pero si se interpreta como en el mismo proceso electoral, y además ése es el espíritu de la ley, toda vez que busca impedir las candidaturas de chapulines, los magistrados tienen razón.

De cualquier manera, corresponderá a la Suprema Corte zanjar la cuestión, ya que el señor Ebrard ha anunciado que presentará una apelación. Pero el fondo está en otra parte.

La carrera política del señor Ebrard, como todo mundo sabe, está estrechamente ligada a Manuel Camacho. Fue su mano derecha cuando fue regente de la ciudad de México, y en 1988 le prestó servicios para defender el triunfo de Salinas de Gortari frente al neocardenismo.

Vicisitudes resumidas y ahorradas, el señor Ebrard fue nombrado secretario de Seguridad Pública por López Obrador, una vez que éste asumió la jefatura de la ciudad de México. Y es allí donde comienza la historia negra, porque no hay otra manera de definirla.

En 2004, una turba detuvo a dos policías federales en Tláhuac y los linchó. Todo ocurrió en vivo y en directo porque la televisión transmitió paso a paso, y minuto a minuto, cómo la masa enardecida lapidaba a Víctor Mireles Barrera y Cristóbal Bonilla –tienen nombre y apellido, para vergüenza del señor Ebrard–, y les prendían fuego.

Durante horas, no hubo autoridad que interviniera. El entonces jefe de Seguridad Pública se mantuvo impávido. Seguramente porque el costo político hubiera sido demasiado alto. Alto por el riesgo que suponía intentar rescatar a las víctimas de la turba enardecida, y más alto por la irritación que le causaría a su jefe, López Obrador, quien considera que el linchamiento es una práctica asociada a los usos y costumbres de las comunidades que debe ser respetada.

Vicente Fox, en su calidad de jefe último de la secretaría de Seguridad Pública, destituyó al señor Ebrard. No sobra precisar que en cualquier otro lugar del mundo, con la excepción de Uganda, un funcionario responsable de dos linchamientos, por omisión, hubiera visto truncada su carrera para siempre.

Pero, ya se sabe, en México, con la izquierda retobona que nos ha tocado (Paz dixit), las cosas ocurren de otra manera. Por eso, como premio de consolación, una vez ungido por su Alteza Serenísima, el señor Ebrard se postuló a la jefatura de la ciudad de México y triunfó.

Paulatinamente, el señor Ebrard ganó popularidad y, particularmente entre los círculos ilustrados de la izquierda y algunos liberales, fue percibido como el líder honesto y modernizador que demandaban tanto el PRD como el país. Cómo no recordar la noche del 2 de julio de 2012, cuando algunos intelectuales lamentaron que no se hubiera postulado y ganado la presidencia de la República.

Apostilla indispensable: la recta final, en 2011, en el interior de la izquierda, fue entre su Alteza Serenísima y su protegido, al que apostaban los pensantes. Pero el señor Ebrard se echó para atrás. Valiente, el personaje, jamás ha sido.

Ahora que el escándalo de la Línea 12 del Metro ha estallado y que se sabe que 42 mil millones de pesos se fueron al caño, el señor Ebrard denuncia ser víctima de un complot y decide postularse a diputado para tener fuero y no ser sometido a juicio.

Nada nuevo bajo el sol. El señor Ebrard encarna el peor oportunismo y cinismo de la izquierda. De Tláhuac a la fecha, no es el mismo, se ha refinado y empeorado.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

También te puede interesar:
Leña verde para el Verde
Michoacán, ¿oportunidad perdida?
La censura del INE