Opinión

El Santo del Campo

Anunciada en México como “el mexicano que desafió a Estados Unidos” y en Estados Unidos como “la historia se hace un paso a la vez”, César Chávez (2014, Diego Luna) es la imprecisa y volátil biografía del activista homónimo de los derechos laborales nacido en Yuma, Arizona, en 1927 y muerto en el mismo estado en 1993. Convertida en una hagiografía que sacraliza de principio a fin los hechos y la vida del hombre que logró mantener un boicot de cinco años contra la explotación laboral en precisamente esas Viñas de la Ira más inspiradas en John Ford que en John Steinbeck, evidentemente se trata de una bioepic sobre el Santo del Campo. Personaje sin duda ejemplar y complejo que aún espera un film a la altura de su vida y leyenda.

Esta hagiografía desperdicia todo su reparto, sin excepción, incluidas las breves participaciones de un sinfín de actores conocidos. Una hagiografía que sólo contempla los detalles de una larga huelga imposible de solucionarse a pesar del ayuno obligado a la Gandhi (1982, Richard Attenborough) y de la retórica en más de un sentido liberal y sin consecuencias por la que apuesta el insípido y lineal guión de Keir Pearson & Timothy J. Sexton que Luna ilustra con tambaleante y mareada cámara a cargo del talentoso pero desaprovechado fotógrafo Enrique Chediak.

El film sólo aborda la conocida huelga de 1965 a 1970, sin detallar nada personal del líder que inspiró a su nación y que triunfó en ese difícil y violento decenio en el que Estados Unidos acabó con su oposición ideológica a balazos (desde Martin Luther King hasta Robert Kennedy).

César Chávez tampoco va más allá de contar la vida en rebeldía de un solo hijo. Aludiendo a los ocho que Chávez tuvo, sólo detalla el conflicto con ese hijo Fernando (Eli Vargas) que parece único, esquematizando su vida como padre absolutamente dedicado a realizar la huelga con la que empezó a ser poderosa la organización sindical Asociación Nacional de Trabajadores del Campo.

Como en otras bioepics similares, el tema central queda por completo desdibujado. En especial cuando se trata de abordar los episodios oscuros del biografiado. En este caso son dejados por completo de lado para narrar la vida inmaculada de un católico que es convertido en santo laico. Es así que César Chávez (Michael Peña, sin ningún parecido con el personaje original) queda reducido a un líder de pureza completa y de maniqueo pensamiento para el que todo se dividía en ganar o perder. Sin medias tintas ni titubeos.

Luna, interesado en hacer un retrato esquemático basado en la admiración, sin ningún tipo de crítica ni de estudio en profundidad, evita aludir los episodios difíciles de un héroe nacional (para EU) que acabó con el Programa Bracero; que en 1973 creó la llamada Wet Line para impedir el paso de indocumentados hacia su nación. Inspiró con ello la creación de los Minutemen, quienes en su momento fueron los miembros de su sindicato, la posteriormente conocida como United Farm Workers. Precisamente persiguió mexicanos en la frontera de su estado natal, Arizona, y el mexicano estado de Sonora.

Así, la esperada biografía del complejo Chávez, queda al mismo nivel que un J. C. Chávez (2007, Luna). O sea, un simple peleador de frases hechas (“no puedes oprimir a quien ya no tiene miedo”) y pueriles conclusiones (“tienes que reconocer que este croata te dio batalla”; “si tú reconoces que este mexicano te pateó el trasero”). O también al nivel de un Abel (2010, Luna), que pueriliza la lucha política y la convierte en una abundancia de lugares comunes (“me harta que des siempre lecciones”; “sólo quería decir que a mí sólo me gusta la comida china”) hechos para funcionar solamente en el día del trabajo. O sea, el día del mero estreno. Eso sí, sin la eficacia didáctica que se propone.