Opinión

El rotundo poder del colectivo

Las investigaciones que a lo largo de más de un mes de trabajo se han venido realizando, han arrojado los resultados que de manera sentida hizo públicos el Procurador General de la República la semana pasada. Los indicios confirman que los hechos que aparentemente terminaron con la vida de los 43 estudiantes, producto de la más repudiable e ignominiosa sin razón de un caciquillo y la más abominable carencia de valores y del sentir humano atribuible a una banda de delincuentes que lo acompañaron, probablemente sí ocurrieron. La gravedad del hecho se extiende y profundiza en el alma de todos los mexicanos, al saber que, silenciosamente, se trata del mismo cáncer que produce la agonía lenta y dolorosa de muchos municipios de Guerrero y otros Estados del país. La incapacidad, la negligencia o la bochornosa colaboración que pudieran proporcionar las fuerzas de seguridad para que todo esto pase, constituyen una fuerte justificación para que todo el pueblo de México exprese el sentimiento de hartazgo que hoy se respira en el ambiente y se lee en todos los renglones a nuestro alcance.

No existen palabras que puedan contradecir la razón que le asiste a los padres de familia de todos los seres que han perdido la vida a lo largo de los últimos años en manos de la delincuencia, ni perdón suficiente que pueda pedirse por parte de aquellos que, habiendo tenido la responsabilidad de velar por la seguridad de las personas, han traicionado su función para servir al crimen organizado. Las acciones u omisiones perpetradas nos ofenden a todos por igual.

Los acontecimientos han puesto el dedo en una llaga que sangra y que nos obliga a reaccionar; la llamada de atención es oportuna y todos debemos ser reactivos ante este clamor que nos exige pensar y actuar, concebir las ideas que nos permitan construir un país auténticamente democrático, que vea por ese estado de seguridad y bienestar que ha sido arrebatado y denegado injustificadamente contra millones de compatriotas.

Es el propósito anterior el que nos exige valorar con objetividad el alcance de los hechos, la autenticidad del dolor que muchos mexicanos atraviesan, y distinguir el perverso propósito que otros han concebido y que tiene como finalidad la desestabilización nacional con miras a la imposición de un régimen autoritario que camina a contracorriente de lo que todos deseamos. La violencia expresada en las marchas que han sido organizadas, mediante la quema de las estaciones del metrobús, las pintas del Palacio Nacional y el infructuoso atentado que persiguió acabar con una de las puertas de acceso al recinto en el que despacha el Presidente de la República, son muestras de odio, que se apartan del origen válido del movimiento que clama justicia y pide la devolución con vida de los 43 estudiantes desaparecidos.

Ante el lamento que prevalece en la voz de las víctimas, por la disfuncionalidad de nuestras instituciones, la inacción oficial para castigar a los delincuentes que se disfrazan y ocultan en el movimiento constituye una confirmación de la validez de su reclamo. Es imperativo que en nuestro país se actúe con el firme propósito de aplicar la ley en contra de todo aquel que la infrinja.

La vacilación y la indiferencia produce un vacío que viene ocupando el inconsciente colectivo, que encuentra en la falta de seguridad una razón para exigir, sin meditación alguna, una acción que jamás se había expresado y que constituye la proposición más grave y peligrosa de la que cualquier mexicano vivo haya sido testigo: la renuncia del Presidente de la República.

No cabe la menor duda de que el mensaje que circula no se infiltró accidentalmente; el problema es que quienes lo hacen circular a través de las redes sociales, quizá no han valorado la gravedad, la trascendencia y el gran riesgo que una vacante de esta naturaleza podría significar para el futuro de México. Sobra desde luego decir que no existe serenidad alguna para medir, en estos momentos, la trayectoria, éxitos y fracasos del Titular del Ejecutivo Federal, que pudieran llevar a una calificación certera de su mandato.

El nuevo Derecho a la Información y la utilización de las redes sociales, como una plataforma tecnológica que impulsa nuestro sistema democrático, se ha convertido, para estos propósitos, en una herramienta de la que deberemos ser responsables y, sobre todo, cautelosos.

El 17 de abril de 2010, un mensaje difundido a través de un correo electrónico identificado como “Narco Mail”, provocó una psicosis colectiva que produjo ese mismo día un toque de queda, de facto, en toda la ciudad de Cuernavaca, por el temor a un supuesto operativo de los narcotraficantes.

El 1 de septiembre de 2011, un mensaje difundido a través de cuentas de twitter y de Facebook, en los que se aseguraba que las bandas de narcotraficantes estaban secuestrando y asesinando niños en las escuelas, produjo una psicosis colectiva en Veracruz y Boca del Río que provocó distintos accidentes y crisis emocionales.

Un fenómeno incuestionable que ha arrojado el movimiento aglutinador por la indignante desaparición de los estudiantes de Iguala, es el que se reproduce y crece a través de las redes sociales, por el que se ha circulado un número importante de mensajes que atribuye la culpa de los hechos al Gobierno Federal y a la administración de Enrique Peña Nieto.

No nos corresponde en estas líneas juzgar la autenticidad del reclamo. Sí nos parece pertinente, sin embargo, hacer notar la trascendencia y oportunidad del hecho, propiamente, en este momento histórico en el que el destino de México parecía estarse apuntando hacia escenarios más justos y prometedores para todos. Pareciera que los inconformes desearían reformar todo lo que ya se ha reformado, una contrarrevolución que retrocedería la historia en su propio perjuicio. No es sino la ciudadanía misma y los medios de información a su alcance, quienes tendrán el poder de definir su destino y la prevalencia de la institucionalidad o la violencia. Sobra desde luego señalar que, de continuar el segundo escenario, como viene proponiéndose, sería conveniente meditar de manera más profunda y seria sobre las consecuencias nefastas que ello trae aparejado y que la historia ya nos ha demostrado.