Opinión

El ritual

 
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Meade

La democracia mexicana no ha sido capaz de penetrar la estructura de los partidos políticos, al grado de convertirlos en estructuras competitivas capaces de generar liderazgos internos que se disputen la dirigencia de la institución. Cada vez que los partidos han llevado a cabo procesos de selección basados en el voto de sus militantes, han terminado por resquebrajarse, o generar mayores conflictos posteriores a la elección. La excepción era Acción Nacional, cuya historia democrática no pudo soportar su ascenso a la presidencia de la República, y paulatinamente incorporó los vicios propios de la cultura priista, inflando padrones y acarreando votantes.

En este escenario llegamos a la elección de 2018, en un retorno generalizado al ritual tradicional del llamado 'destape', que no es más que el derecho de el o los dirigentes supremos de elegir a sus candidatos a los puestos de elección popular. Esta decisión parte de una interpretación poco democrática, según la cual los políticos profesionales saben escoger mejor a sus abanderados, que los militantes convocados a las urnas para ello. La 'sabiduría' de los ilustrados, por encima de la 'ignorancia mayoritaria' de las masas. El problema en esta decisión es que son finalmente los electores quienes con su voto el día de la elección deciden en favor o en contra de uno u otro candidato.

Pero como todos los partidos y coaliciones han optado por la decisión cupular, no hay forma de comparar ante la otra opción. El Frente Ciudadano, que pudo hacer la diferencia, está copado por los tiempos y las presiones externas, y carece del andamiaje institucional necesario para una competencia interna abierta e incluyente. Es por ello que la clave radica ahora en la figura que se escoja como candidato y la forma como éste se presente a la ciudadanía. Para Morena, partido de un solo hombre, las precampañas y modalidades contempladas en la ley son únicamente elementos que hacen posible la continuación de la campaña iniciada por López Obrador hace muchos años.

Para el PRI, cumplir con el destape en la figura de José Antonio Meade es culminar con el ritual que traslada la responsabilidad de la continuidad priista del presidente de la República al candidato, que ahora tiene la obligación de ratificar ese poder en las urnas. Meade no es priista y es popular en las élites económicas y políticas, pero requiere que la militancia tricolor lo cobije para desde ahí remontar los negativos que la historia del Revolucionario Institucional ha generado en la ciudadanía. Cumplir con el ritual es indispensable para mantener la disciplina interna, pero no suficiente para identificar al candidato con una militancia que no lo ve como alguien cercano, al menos en este momento.

Para el Frente, los rituales están por construirse si es que finalmente se consolida la alianza partidaria y sus cúpulas acuerdan el reparto de posiciones a la brevedad posible. Para poder legitimar la dupla Anaya-Barrales, hay que limitar al máximo la oposición aún existente en el PAN y el PRD. Encuestas, consultas y todo tipo de instrumentos que le den credibilidad a estas candidaturas, son fundamentales para intentar diferenciar su ritual del de Morena o el PRI, y con ello presentarse como una alternativa diferente ante la ciudadanía.

Las formas a partir de las cuales se eligen candidatos a la presidencia se limitan a cubrir requisitos legales y necesidades internas de la militancia partidista. La clave está ahora en la figura de los contendientes y en su capacidad de conectarse con un electorado hoy desconfiado y reacio a ver en los partidos y aspirantes figuras afines a sus intereses. Estamos por pasar de los rituales de selección, a la descarnada lucha por el voto, en donde todo se vale, por las buenas y por las malas.

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