Opinión

El riesgo de una victoria de Trump no está en EU, sino en México

 
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Donald Trump

El peso mexicano ha sido la moneda con peor desempeño este año. La culpa, nos dicen, proviene de la posibilidad de una victoria de Donald Trump en las elecciones de noviembre. No estoy totalmente de acuerdo.

No me cabe duda de que algo de depreciación proviene de la incertidumbre que Trump genera. Pero, creo que el “efecto Trump” se exagera. Trump no echaría atrás el TLCAN, pues eso lastimaría a muchas empresas importantes estadounidenses, cuyas líneas de producción están integradas con México en forma irreversible a corto plazo. Tampoco haría más deportaciones masivas de las que ya hace el gobierno de Obama. El muro ya existe. Quizá haría alguna construcción simbólica adicional, pero no más que eso. Mucho de lo que Trump dice es demagogia electorera. Sí, su victoria sería pésima noticia, pero para el mundo entero, y particularmente para Estados Unidos. El “efecto Trump” sobre el peso es más la creación de bancos que buscan ganar dinero vendiendo coberturas, que real; pero, en la medida en que más gente lo crea, o se cubra, tendrá mayor efecto. Sabremos su impacto real cuando pasen las elecciones. Si gana Clinton (y creo que ganará) y el peso se mantiene débil, confirmaremos que hay otras razones.

¿Y si gana Trump? El candidato naranja no sólo carece de experiencia en la administración pública, es un tipo que nunca ha manejado algo administrativamente complejo. Incluso, como desarrollador inmobiliario es mediocre. Trump ni siquiera ha contratado asesores en temas de políticas públicas, no sabemos quién sería su asesor en seguridad, ni en otros temas clave. Generaría un vacío de poder peligroso, incluso a nivel geopolítico.

Hasta Obama tuvo un inicio difícil después de su corto paso por el Senado, sin experiencia ejecutiva; Trump multiplicaría ese problema por diez. Para México, esto genera incertidumbre pues, a diferencia de la relación de Estados Unidos con muchos países, la interacción con México se da a nivel de secretarías y de agencias gubernamentales. No sólo somos socios importantes, sino que compartimos tres mil kilómetros de frontera, y montones de problemas. Si en un desplante de arrogancia (posible) Trump nombrara a un desquiciado como el funesto sheriff Arpaio de Arizona para algún puesto en su equipo de seguridad, la relación sería terrible. Sería igualmente capaz de nombrar a funcionarios controversiales y sin experiencia a puestos clave.
Para hacer el escenario más aterrador, si Trump gana, es posible que eso implicaría que se mantenga la mayoría republicana en ambas cámaras. A pesar del rechazo republicano a su campaña, si ganara, se tendrían que alinear tras de él líderes importantes, como Paul Ryan (líder de la mayoría republicana en la cámara baja).

Estoy convencido de que el mayor riesgo para México de una victoria de Trump no está en lo que el demagogo haga, sino en cómo reaccionaríamos en México. Veríamos un resurgimiento de posturas anti-Estados Unidos de las que llevamos veinte años distanciándonos; manaría una retórica que fortalecería un nacionalismo retrógrada y contraproducente. La xenofobia de Trump encontraría eco en el surgimiento de políticos que se envolverían en la bandera. López resultaría fortalecido.

México está pagando por la ausencia total de estrategia en la forma en que nos relacionamos con nuestros vecinos, socios, clientes comerciales, y principales inversionistas. Lo que debe preocuparnos no es que surja un candidato “deplorable” como Trump, sino que le sea posible ganar tanto capital político atacando a México. Eso es nuestra culpa. Peña ha dormido más noches en Ankara que en Washington, en su sexenio. Copió la distancia que hace 50 años tomó su ídolo López Mateos de EU, sin recordar que llevamos 20 años de integración económica importante. No hemos tomado ventaja, políticamente, de la enorme importancia estratégica que tenemos en la creciente competitividad regional de América del Norte. Tampoco hemos aprovechado la presencia, y potencial electoral, de decenas de millones de estadounidenses de origen mexicano.

Algo bueno que podría resultar de esta elección si gana Clinton, después del susto de Trump, sería que en estados clave en la elección –Arizona, Colorado, Nevada, Florida– el voto hispano defina el resultado. Si es ése el caso, tendremos una oportunidad histórica para acelerar el desarrollo de la comunidad mexicana (e hispana) en Estados Unidos. ¿La desperdiciaremos? La evidencia histórica dice que sí.

Tras el susto, México volverá a ignorar a las comunidades mexico-estadounidenses, seguirá viendo a sus 50 consulados como ventanillas de trámite, y a los millones de estadounidenses, cuyos empleos dependen de inversiones mexicanas o de ventas a México, como una relación accidental.

A pesar de que tenemos al mejor embajador en años, Carlos Sada, quien entiende de esto, para todo fin práctico, nuestro gobierno está más preocupado por la labor de relaciones públicas hacia Estados Unidos, que por la imperiosa necesidad de desarrollar una estrategia seria que apuntale la relación más importante, por mucho, para México.

​Twitter:@jorgesuarezv

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