Opinión

El rey democrático

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil siguió la noticia de la renuncia del rey de España. Juan Carlos I abdicó en favor de su hijo Felipe después de 39 años de reinado: “hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual demanda”. Gil jura y perjura que detesta la monarquía, así sea parlamentaria, y declara que la democracia, como dijo Churchill, es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás.

Gamés estuvo a punto de escribir en esta página estas líneas: cansado de no hacer nada, el rey Juan Carlos se retira a su casa a no hacer nada, a eso se dedican los reyes. Gamés habría cometido un craso error, uno más en su desaforada carrera de errores. Por fortuna, Gamés se encontró en el camino de su error con el artículo de Javier Cercas, “Sin el Rey no habría democracia”, publicado en su periódico El País: “La abdicación del Rey es, verosímilmente, el último servicio fundamental que Juan Carlos I va hacerle a este país. El primero consistió en contribuir de manera decisiva, durante la segunda mitad de los años setenta, a instaurar la democracia: sin el Rey, quizá no hubiera habido democracia, o no la hubiera habido tal y como la conocemos, o hubiera tardado años en llegar”. Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco y caviló: de estas paradojas está hecha la historia y de estas paradojas se nutre muchas veces la línea del pensamiento, sin el entendimiento de ellas cualquiera se vuelve un borrico fanático.

Cerca y lejos

El mismo error que a Gamés se le antojaba un acierto, lo cometieron en su periódico La Jornada Luis Hernández Navarro, Marcos Roitman y Pedro Miguel, a saber: el rey hundió a España en una crisis sin precedentes, el rey cazaba elefantes mientras su país se caía a pedazos y la sociedad española pide en las calles el fin de la monarquía. Por esta vez, Gilga saldría con estos personajes a la calle. Oh, no, farfullan buenos amigos, Gil ha perdido la razón; quedamos en que el fanatismo percude el cerebelo, ¿no? Javier Cercas escribió esto: “El segundo servicio fundamental (del rey a su país) fue impedir que el 23 de febrero de 1981 la democracia terminase antes de empezar, o se convirtiese en una semidemocracia: ese día –que es el día en que empieza de veras la democracia y termina el franquismo y la Guerra Civil-, el Rey conquistó una legitimidad con la que hasta entonces ni siquiera podía soñar porque su poder provenía de Franco y su legitimidad del hecho de haber renunciado a los poderes o a parte de los poderes de Franco para cedérselos a la soberanía popular y convertirse en monarca constitucional”.

La lectora y el lector preguntarán por qué habríamos de dar crédito y cobranza a Javier Cercas. Gil se desbarranca y contesta: porque Cercas ha escrito el libro más importante de reconstrucción política que se haya escrito en muchos años y muy probablemente el libro central sobre los personajes que dieron lugar a la democracia española: Anatomía de un instante.

Historia de una mentira

No la menor de las mentiras sobre el rey Juan Carlos I, cuenta Cercas, es que el monarca montó el intento de golpe de estado que encabezó el coronel Tejero. Se trata de “una gran ficción colectiva amasada a lo largo de más de 30 años por ideas fantasiosas, teorías sin fundamento, especulaciones noveleras, medias verdades y simples mentiras”. Gil no pisará la trampa del oso para traer el argumento de Cercas a la realidad electoral mexicana; no lo hará, pero qué ganas de hacerlo, de adaptar estas líneas a la anatomía de otro instante, un instante mexicano. Gamés se mordió el nudillo del dedo índice de la mano izquierda.

Ciertamente parece difícil pensar en un rey democrático. Algo más del artículo de Javier Cercas: “La ignorancia del presente puede devolvernos lo peor de nuestro pasado”. Gil se apoyó en uno de los muros del amplísimo estudio y dijo en voz alta, pero baja: ¿entendieron? O de plano, ¿les entra por un oído y les sale por el otro?

La máxima de Churchill espetó dentro del ático de las frases célebres: “La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás”.

Gil s’en va