Opinión

El rey del miedo

  
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Se manifestaron en las puertas de la Procuraduría General de la República (PGR), para exigir el castigo a los responsables del asesinato de Karen, joven asesinada en Naucalpan. (cuartoscuro)

Un sistema de impartición de justicia con profundas raíces machistas y misóginas es un desolado territorio al que nadie quiere llegar.

Somos una sociedad en la que la violencia le ha ido ganando la batalla a la construcción de la paz. Antes de llegar al horror de las fosas clandestinas y de estos cementerios en los que se apilan cuerpos y restos de jóvenes, niños, hombres y mujeres, y escuchamos de ellos como números despojados de su humanidad, de su dignidad e historia, y sus familias desesperadas reclaman justicia y acuden frente al horror de la sinrazón, frente a lo más oscuro que un ser humano es capaz de hacer a otro, y mantienen la esperanza de que sus seres queridos no estén entre todos esos restos, ya una larga cadena de violencia habrá acontecido.

La violencia nos ha penetrado hasta los huesos. Elegir por la paz va mucho más allá que sólo tomar la opción de la no violencia. Cuando la violencia en cualquiera de sus manifestaciones echa raíces entre nosotros hasta convertirse en lo 'normal', los costos y las consecuencias son incalculables y, en algunos de los casos, también irreversibles.

Cuando la noticia es que un niño diseñó una mochila antibalas porque en su barrio las balaceras son una realidad cotidiana; cuando hay empresas que recomiendan a sus colaboradores no portar celulares, tablets o cualquier otro objeto de valor, para evitar ser blanco de delincuentes y criminales; cuando se pierden las certezas básicas para vivir con seguridad, entonces es el reino del miedo el que se impone.

Esa larga cadena de violencia comienza con cosas que parecen nimias; la violencia verbal, por ejemplo, es ya parte de una manera de ser y de expresarnos. Los muy arraigados apodos o sobrenombres con que se etiquetan niños y jóvenes entre sí tanto en el barrio como en la escuela, junto con el mal hábito de sustituir el nombre personal por expresiones como güey o güeya, refuerzan la pérdida de identidad y se constituyen también en formas claras de una violencia que solemos soslayar. Un 'quihubo güey' es ya el saludo oficial. Entre usted a un salón de clases, sólo para experimentar, y en voz alta diga: 'qué onda güeyes, ¿cómo están?', y tendrá una respuesta masiva.

También el bullying con palabras y después va escalando a los golpes, a la humillación, al acoso personal, a la burla y a la difamación en redes sociales, hasta terminar en un profundo daño. Esta clase de violencia ya ha cobrado vidas de niños y jóvenes en muchos rincones del mundo. Las palabras también asesinan autoestimas, presentes, futuros y vidas.

La violencia contra las mujeres suele comenzar de a poco, y va incrementándose de la violencia psicológica, a la económica, sexual, física, hasta llegar al feminicidio. Los reportes más recientes dan cuenta de que el número de casos de feminicidios está creciendo de manera alarmante. De 2013 a 2015 se registraron siete mil 439 casos en nuestro país, y las cifras van en franco ascenso.

De acuerdo con los expertos, las causas son múltiples. Desde la baja autoestima, la dependencia económica, la falta de redes de apoyo, las deformaciones culturales que llevan a muchas mujeres a pensar que este tipo de violencia debe sufrirse entre cuatro paredes y no denunciarla, hasta la impunidad y complicidad de algunos que, teniendo el mandato de cumplir y hacer cumplir la ley, terminan revictimizando a las mujeres agredidas. Cuando finalmente y después de vencer un sinnúmero de obstáculos, amenazas y temores, se denuncia y la respuesta es un portazo que opta por exculpar al agresor, los infiernos y los riesgos para estas mujeres crecen exponencialmente.

Construir la paz nos involucra a todos. No es suficiente acompañar y trabajar al lado de las mujeres, si no se trabaja con el agresor. No es suficiente exigir un entorno de certeza cuando a la menor provocación se lastima al otro. No es suficiente atreverse a denunciar cuando la respuesta es la indiferencia o, peor aún, la protección a quien delinque.

El testimonio que la doctora Angélica N dio recientemente a El Universal es una llamada urgente. Habiendo sobrevivido a 37 puñaladas propinadas por su pareja sentimental reflexiona: “A veces no nos damos cuenta de que estamos durmiendo con el enemigo […]. Pensé que esto ocurría en niveles socioeconómicos bajos, en personas quizá sin educación, pero la violencia hacia las mujeres está en todas partes”.

En esta larga y arraigada cadena de violencia es urgente preguntarnos el papel que nos toca jugar. Los costos de nuestra indiferencia y de la permisividad que desde nuestras familias otorgamos a un entorno contrario a la paz son incalculables. Salvo en guerras y sistemas autoritarios, la paz no suele perderse de tajo. La pérdida de la paz es paulatina e incluso silenciosa, hasta que la violencia en todas sus manifestaciones arrebata libertades y también la vida.

Twitter: @JosefinaVM

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