Opinión

El rey de los monstruos

Godzilla o la resurrección políticamente correcta. Resulta que en su 60 aniversario, el llamado rey de los monstruos, Godzilla (2014, Gareth Edwards), resucita una vez más. Destruido desde su primera aparición, Godzilla (1954, Ishirô Honda), el monstruo ha tenido innumerables reapariciones, pero ninguna como la actual tras la fallidísima Godzilla (1998, Roland Emmerich). Así que si en esta última versión el monstruo era una lagartija radioactiva que destruía todo a su paso, en esta nueva es un monstruo políticamente correcto que resurge del pasado y de las cenizas nucleares para enfrentar una horripilante versión de su viejo enemigo Mothra (1961, Honda).

Tiene en consecuencia su episodio de batalla épica y en lugar de destruir Tokio ahora destruye San Francisco emulando esa noción del desastre irremediable tipo Godzilla vs. Mothra (1964, Honda). Esta nueva versión tiene a Godzilla como un protagonista que tardíamente aparece para salvar a la humanidad y luego regresar a las profundidades de donde saldrá cada que se le requiera a partir de ahora. Un monstruo ligeramente más obeso que el original y con poderes ampliados. Pero que hoy actúa por instinto. Y éste le indica preservar intacta a la raza humana. Cambio sustancial en la mitología del personaje que durante 59 años actuó de acuerdo a su instinto más primitivo como símbolo del holocausto nuclear, al que encarnó con fiereza y sin moral de ningún tipo.

Godzilla o el monstruo invencible. El cambio hacia la corrección política del y hacia el monstruo presentado en el guión original de Max Borenstein y Dave Callahan, parece una concesión no a los tiempos actuales sino a la exageración fílmica dominante. Debido a que los monstruos y los súper héroes son cada vez más grandes y poderosos, más indestructibles y, en consecuencia, invencibles, no hay forma de inventarse, como en el Godzilla original, un nuevo elemento de la naturaleza que literalmente disuelve al monstruo para restaurar el orden. Ahora hay que sacarse de la manga otros dos monstruos radioactivos que harán el papel de malos. E inventarse una etología bastante superficial que vuelve “simpático” a Godzilla aunque prácticamente contradiga su naturaleza inherente. Sin embargo, es la única solución que presenta Godzilla para poder resolverse como film. Puesto que lo nuclear ya es una constante amenaza, en especial tras lo sucedido en Fukushima, el monstruo debe sobrevivir porque la energía atómica es una pesadilla inevitable a pesar de la alegre explosión de diversos adminículos a lo largo del film.

Godzilla y la obsesión radioactiva. En principio el film es una suerte de crónica melodramática sobre el científico Joe Brody (Bryan Cranston) que ve morir a su esposa Sandra (Juliette Binoche) en el colapso de una planta nuclear en Japón. Años después, el pequeño Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson), convertido en especialista militar que desarma bombas, debe evitar que literalmente su padre explote con la obsesión por el accidente nuclear mientras se ve arrastrado hacia el insólito destino de estar siempre en los momentos en que los monstruos atacan y que le impiden regresar a su hogar sano y salvo. Así, la obsesión radioactiva se pasa de padre a hijo y de científico a militar.

Considerando que no hay solución alguna al tremendismo de la catástrofe, se opta por lo familiar del melodrama, con sus familias divididas por la sinrazón nuclear, y separadas por la circunstancia de la destrucción. Para ello Edwards elige la forma más radioactiva de espectáculo fílmico. Confirma así que el neo-melodramatismo es mejor cuando todo el film se concibe entre nubes de polvo atómico, una penumbra permanente y una espectacularidad que se atisba entre monstruosas sombras; entre claroscuros convertidos en razón última del film de desastre llevado al extremo del extremo mismo. O sea una tautología visual para la nueva era de un Godzilla que renuncia a ser la imagen del apocalipsis y se transforma en otro entrenado fenómeno de feria.