Opinión

El retrato de Dorian Ayotzinapa

El gobierno de Enrique Peña Nieto llevaba casi dos años pintando un retrato espectacular de un México reformador, dinámico, listo para el despegue económico. Un país joven con un potencial inconmensurable. Con las reformas concluidas era ya tiempo de cosechar éxitos. Aquellos que veían esa fachada quedaban entusiasmados ante la promesa de un México que remontaba el vuelo gracias al celo transformacional de sus infatigables dirigentes.

Pero había rumores de una vida secreta, un lado oscuro en que no eran extrañas las drogas y la muerte. Entre muchos era un secreto a voces que el bello mancebo estaba podrido en su interior, que corrompía a quienes tocaba con esa vida licenciosa que lleva sobre todo en la profunda oscuridad de la noche. Y Dorian Ayotzinapa, de hecho, llevaba un registro demoledor de cómo sus excesos carcomían realmente su imagen: un retrato que ocultaba a la vista de todos tras una gruesa cortina en el cuarto más recóndito de su casa. En el exterior, a la luz del día, se mostraba siempre hermoso, permanentemente joven, en tanto ese retrato oculto iba acumulando los estragos de su terrorífica vida paralela de la que pocos se atrevían a hablar en voz alta.

Pero en semanas recientes el cuadro ha salido a la luz. Lo que era un secreto a voces, esa podredumbre que muchos fingían no ver, ha tenido que ser reconocida. Hoy es materia de escándalo lo que todo el mundo sabía pero, si acaso, se susurraba a espaldas del susodicho mientras presumía su atractivo. El mundo no ha tenido más remedio que condenar con fuerza una vez que toda la porquería que estaba pulcramente oculta tras el cuadro ha quedado expuesta.

Quedó al desnudo esa obstinación de ocultar los que a gritos pedían ser reconocidos. Las decenas de miles de muertos y heridos, número astronómico de secuestrados, incontable de extorsionados –las víctimas de una guerra que, por más que se pretendiera lo contrario, no concluyó cuando iniciaba diciembre de 2012. En días recientes, en Irapuato y ante la Asamblea General del IMSS (en ambas ocasiones saliéndose del guión programado), Peña Nieto habló con fuerza del cuadro ya inocultable. Calificó lo ocurrido en Iguala de barbarie e inhumano. Enfático, dijo que se llegaría “tope donde tope” a los responsables, que no habría el menor resquicio de impunidad.

Pero el presidente se refería a lo ocurrido en Iguala como si los seis muertos y 43 estudiantes desaparecidos, con sus familiares en duelo y desesperación, fueran algo inusitado. En 2013, de acuerdo a reciente cifra del Inegi, hubo 22 mil 732 homicidios –un promedio superior a 62 cada día, además de 131 mil 946 secuestros, esto es, 361 por día. Cada día, fragmentados a lo largo y ancho del país, hay el equivalente a uno, dos o varios Ayotzinapa. El dedo presidencial señalaba, con genuino horror, a sólo uno de los innumerables tumores del pavoroso retrato que hoy todo el mundo tiene a la vista. La pavorosa realidad es que todo México es un Ayotzinapa. No sólo es imperativo reconocerlo, sino jamás volverlo a ocultar.

Twitter: @econokafka