Opinión

El reformismo inútil

10 febrero 2014 4:56 Última actualización 29 julio 2013 5:32

 
 
 
Manuel Villa
 

En parte por debilidad de los dirigentes del PAN y el PRD y, en parte, y no pequeña, por falta absoluta de claridad sobre lo que realmente requiere México para lograr la reforma integral, ha resultado buen negocio para ellos amenazar con abandonar el Pacto por México cuando así les conviene. Pero no lo hacen, y procurarán no hacerlo, porque en ese caso, expondrían al público sus penurias en términos de oferta para el país.
 
 
No encuentran acomodo en los planeamientos de las reformas, energética y fiscal; enredados en los harapos de su pasado y sin la menor idea de qué ropaje les convendrá para el futuro, no pueden sino decir un día sí y otro, no al Pacto. Ahora reclaman, primero la reforma política y luego las demás. Se exhiben otra vez, porque en este rubro los rendimientos ya tienden a ser nulos, ya que, en realidad, no es sino un poco más de reforma electoral, un barril sin fondo del que mucho provecho han sacado las partidocracias a costa del ciudadano.
 
El sistema político y el electoral están funcionando mal porque hay algo más determinante que no funciona, sobre lo que mucho se habla y casi nada se sabe. El problema es el Estado y tiros y troyanos no se han dado cuenta de que sus ideas sobre esta gran entidad son anacrónicas y escasamente útiles.
 

No únicamente las jefaturas panistas y perredistas ignoran aun lo esencial, lo mismo ocurre con el priismo y, hasta donde se aprecia, también la misma presidencia de la república y los funcionarios encargados de la operación política. Lo primero a considerar es que el Estado es un continente, de los tres Poderes de un régimen representativo como el mexicano, pero también de un conjunto de procesos de contienda, competencia y control del poder que, en general, se engloban bajo el término de Sistema Político.
 

El problema en México es que se llegó a un punto en el que se pueden reformar éstos dos últimos pero, si el continente no funciona, no da coherencia de conjunto y los efectos esperados se tornan en consecuencias no deseadas. El caso por excelencia es el del IFE, de organización virtuosa está pasando a la condición viciosa.
 
Para entender el problema del Estado mexicano habría que empezar por saber un poco de historia inmediata y usar la memoria y no seguir repitiendo simplezas grandilocuentes de Porfirio Muñoz Ledo. Por principio, al tiempo que el Estatismo generó desarrollo y participación social, el mercado creció autopotenciándose (1945-1980).
 

Al fin del ciclo, el Estado resultó el menos preparado frente los nuevos retos, la imagen de su gran poder era insostenible, sobre todo frente a la sociedad. La que presenta desde entonces una doble faz, requiere del Estado, sabe que debe apegarse a reglas generales y principios nacionales y, a la vez, resulta altamente desafiante y traduce democratización como obediencia restringida a los términos de la legitimidad estatal, ejerciendo una disconformidad constante. En tanto, frente al mercado, encuentra que es fácil serle leal -sobre todo reducido el ciudadano a consumidor- y, si no obedecer, sí seguir sus preceptos y, apenas exigir. En suma, que la gente espera mucho del Estado y éste puede darle poco y debe ser muy selectivo y preciso en lo que ofrezca.
 

La gente espera poco del mercado, pero éste le ofrece mucho y se las ingenia para darle un poco de mucho, así sea en versiones de primera, segunda hasta de quinta calidad, mediante la piratería. Pero el problema no lo tienen que resolver los ciudadanos sino los gobernantes, los legisladores y los jefes de partidos. Lo anterior es apenas una mención sucinta del problema, que se puede analizar en su extensión.
 

Hace un par de años, el Fondo de Cultura Económica publicó un pequeño libro, pero de enorme utilidad, de Joel Migdal, Estados Débiles Estados Fuertes. Aparte de celebrar que por fin una editorial se ocupara del problema del Estado, hubo que celebrar también el acierto en la selección. Los dirigentes nacionales bien harían en visitar el texto, que da esta pista para empezar a encarar el problema (p. 150): “…pese a sus grandes esfuerzos y su incesante frustración, los dirigentes estatales no han encontrado un modo claro de imponerle su dominación a la sociedad: sus sistemas de significado, sus reglas de comportamiento social y sus planes económicos. Ningún Estado ha logrado restructurar los mapas de importancia como lo previeron sus líderes.
 

El poder de los Estado, como el de cualquier otra organización, tiene límites reales: qué pueden y qué no; cuándo pueden recaudar impuestos y cuándo no; qué reglas pueden ser vinculantes y cuáles no. Las metas ambiciosas de los Estados –objetivos de llegar a penetrar en toda la sociedad, regular los detalles de las relaciones sociales, obtener ingresos, apropiarse de recursos que determinan la naturaleza de la vida económica y controlar la mayoría de los símbolos más queridos –rara vez han estado cerca de alcanzarse, y por supuesto que no en el caso de las organizaciones estatales más nuevas o renovadas del Tercer Mundo.”
manuelvillaa@hotmail.com

Politólogo-consultor