Opinión

El recuento

 
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labores

Cuando empecé el descenso desde el piso 25 del edificio en el que me tocó sufrir el temblor, algunos tweets anunciaban que se había tratado de un movimiento telúrico de 7.1 grados Richter con epicentro en Puebla. Sin poderlo corroborar, desde luego, lo cuestioné totalmente. Desde mi perspectiva y habiendo sufrido en su momento el temblor de 1985, este debía de haber sido un terremoto sin graduación prevista en la tabla que los clasifica; es el más intenso que he sentido en toda mi vida.

Al llegar a la Planta Baja, no fue ninguna sorpresa dar nuevo testimonio de la inmediata respuesta de la gente, de su deseo incondicionado de ayudar, de realizar cualquier trabajo que fuera necesario para rescatar a la gente atrapada en los escombros; no me resulta extraño tampoco ver que, ahora, esos mismos mexicanos cobijan a todos aquellos que han quedado sin hogar.

Me alegra y enorgullece ver la manera en que ha renacido ese sentimiento bondadoso y solidario de fraternidad, que aflora en todos nosotros ante las emergencias y frente a la adversidad, una disposición que, ahora presente, debemos proteger y preservar.

A una semana de la catástrofe que ha vuelto a reunirnos, no existe, en mi opinión, contrariedad alguna que pudiera desmerecer la sincera felicitación que los mexicanos merecemos, por habernos unido, por haber tenido la capacidad para enfocar nuestro esfuerzo a la consecución de un objetivo claro y común: salvar la vida y proteger a todo aquel que lo necesitó.

México es un gran país, no sólo por todo lo que tiene y debemos agradecer, sino por el alma y espíritu compasivo de su gente.

Yo me pregunto cómo, ante tan contundente conclusión, sin embargo, en las redes sociales, ese sentimiento de positividad de los mensajes transmitidos al inicio se transfiguró a lo largo de los días y acabó por mostrar un odio irreflexivo y desmesurado del pueblo en contra del gobierno federal y toda nuestra clase política.

Yo encuentro una respuesta que deseo compartir: nuestros partidos han mostrado su peor cara, y los errores del Gobierno Federal dejan a la vista una falta de capacidad y liderazgo para hacer frente a una crisis de la dimensión de ésta que hoy nos ocupa, una falta de sensibilidad para conducirse con verdad cuando ésta más falta hace.

El punto de quiebre fue muy claro: Frida Sofía, la niña imaginaria que podría haber representado a todos aquellos otros atrapados en el colegio Enrique Rébsamen, en lo que pudo ser un error o también una posible estrategia de motivación que la Secretaría de Marina no pudo encausar, vino a remembrar en el colectivo el hartazgo del que hoy se duele, el enojo por la desfachatez con que muchos funcionarios se han despachado con la cuchara grande, y por la incapacidad del Gobierno para hacer frente a una criminalidad que mantiene en el acecho a la ciudadanía, en muchas zonas del territorio nacional.

La inmoralidad con la que se conducen los cazadores del poder no se dejó esperar, y una oprobiosa estrategia electorera puede ser fácilmente destapada ante la superficialidad de los planteamientos, de todos los actores por igual.

Empezó el Frente Amplio (PAN-PRD-MC), cuando Anaya se aventó la puntada de proponer que el cien por ciento de su presupuesto se destinara al rescate y reconstrucción de las zonas afectadas. Su proposición es inmoral, por evidente, porque todos sabemos que es falsa. El Frente Amplio carece de los votos suficientes para llevar esa idea a buen puerto, y pretende arrojar la carga al PRI, que sí juntaría los números suficientes, para dar cara a la ciudadanía y justificar la razón por la cual no redireccionar el presupuesto a una emergencia que ha calado muy hondo.

En el fondo, por muy grave que sea la crisis, la renovación de poderes que deberá tener lugar el año entrante es constitucionalmente insoslayable, y por la conformación misma de los órganos de representación nacional que habrán de ser votados, nadie puede cuestionar la necesidad de que el proceso electoral de 2018 se lleve a cabo. ¿Cómo lograrlo sin presupuesto? Nadie puede desaparecer a los Poderes de la Unión, por muy hondo que sea el deseo de llevarlo a cabo.

También Morena ha sacado a relucir el cobre, porque se ha aventado la puntada de proponer que más de 100 millones de pesos de su presupuesto se encauce al rescate de la Ciudad de México, pero lo ha sujetado a la oprobiosa condición de repartirlo en forma directa a la ciudadanía afectada, bajo la argucia de no poderse confiar en la honestidad de las instituciones competentes. Es una manera reprobable de darle la vuelta a la ley para concederle validez a una acción que legalmente se cataloga como un delito: la compra del voto. ¿De verdad alguien puede creer que la ciudadanía no se da cuenta de lo que persigue?

Las circunstancias han rebasado también a la presente Administración, pues el Presidente de la República ha ofrecido a cuanto sitio acude, que pagará la reconstrucción de las viviendas afectadas, exactamente de la misma manera en que lo propuso Miguel de la Madrid en 1985, sin reparar en los fraudes millonarios que tuvieron lugar en esa época cuando acabó dándosele vivienda, incluso, a los ocupantes de las azoteas de Tlatelolco, que ni siquiera propietarios de casa alguna eran. Una idea que resulta indecorosa, pues permitiría una inadecuada administración de las finanzas públicas a un año de que concluya la presente administración.

Me resulta doloroso vivir en un país tan bondadoso y solidario, en el que el eco de los reclamos, de la queja, del chisme, de la intriga, de los cuestionamientos, del desorden y el sospechosismo, no cesa, resulta ensordecedor; pero lo entiendo. Miro inaudito la manera en que, frente a todas estas potencialidades, nuestros actores políticos demuestran con toda claridad una carencia de valores, una incapacidad para guiar a una Nación que podría tenerlo todo.

Twitter: @Cuellar_Steffan

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