Opinión

El primer mexicano en las mayores

Impreso en la ciudad de Hermosillo y un tiraje relativamente alto para su género, de tres mil ejemplares, recientemente empezó a circular un interesante libro (267 págs.) con el titulo Melo Almada. 1er mexicano en Grandes Ligas. Es sobre la biografía –aunque suene raro, ampliamente desconocida– de este gran pelotero. Fue escrito por Eduardo B. Almada, su hijo, “después de dedicar –dice– una investigación de más de 15 años, aún cuando no fue una tarea diaria continua”. Es por cierto, el autor, presidente del comité elector del Salón de la Fama del Beisbol Mexicano.

De entrada cabe decir que ya era necesario este volumen en la bibliografía beisbolera. También que en nada demerita el hecho de que el biógrafo sea hijo del biografiado. Le da un toque especial, como es más que entendible. Pero como bien afirma el prologuista Eduardo Ortega, quien es “la voz en español de los Padres de San Diego”, que el autor “ha cuidado mucho la línea de la mesura al escribir sobre la vida de su padre”.

Baldomero, Melo Almada Quirós (con “s”, insistía su abuela materna) nació en Huatabampo, Sonora, el 7 de febrero de 1913. Vivió buena parte de su niñez y adolescencia en Los Ángeles, California. Durante su época de estudiante en ésta fue donde –igual que su hermano Luis, cinco años mayor que él– destacó como atleta en varias disciplinas, entre ellas naturalmente el beisbol. Su carrera como pelotero en Estados Unidos comprendió de 1931 a 1939, después de concluida ésta continuó en aquel país, hasta 1953 en que definitivamente se mudó con su familia a Navojoa. Falleció el 13 de agosto de 1988.

El aficionado mexicano común sabe que Melo Almada fue el primer compatriota que jugó en las Grandes Ligas. Pero hasta ahí, pues no conoce más de su trayectoria. Causa la impresión de que generalmente se cree que sólo estuvo a tomarse “una tacita de café”, como suele decirse en el argot beisbolero de quienes tienen un paso fugaz por la Gran Carpa.

Ni remotamente fue el caso de Almada. Luego de terminar sus estudios, en 1931, a los 18 años, actuó como semiprofesional con un equipo de El Paso. Un año después, en 1932, lo encontramos ya instalado al lado de su hermano Luis, también jardinero como él, con los Indios de Seattle, de la fuerte Liga de la Costa del Pacífico clase AA, en aquel entonces antesala de las Ligas Mayores.

El libro trae en las últimas páginas la estadística de Almada en las Ligas Mayores. Jugó en éstas durante siete campañas, de 1933 a 1939, en cuatro diferentes equipos: Medias Rojas desde su debut hasta parcialmente en la de 1937. En las siguientes tres temporadas militó con los Senadores de Washington, Cafés de San Luis y Dodgers de Brooklyn.

Sus números en la Gran Carpa son más que aceptables. Participó en 646 juegos, en los que acumuló 2 mil 483 veces al bat, conectó 706 imparables y su bateo de por vida un magnífico .284. El primero de los 114 mexicanos que hasta ahora han llegado a esas alturas, no fue pues a tomarse una taza de café.

Como es de suponer, el autor relata, y además lo hace con amenidad a pesar de tecnicismos, un buen número de anécdotas en la carrera de Almada. A manera de botón de muestra va sólo una: El primero de octubre de 1933, recién llegado al equipo de Boston, le tocó jugar en el estadio de los Yanquis en la última vez que el gran Babe Ruth lanzó para los llamados Mulos de Manhattan, que sólo lo hizo en cuatro ocasiones. Bueno, pues el último bateador que enfrentó en ese juego el Bambino fue nada menos que a nuestro paisano Almada.

Si usted amigo lector gusta del rey de los deportes, puede tener la seguridad de que no se arrepentirá de leer este libro. Si su adquisición se le dificulta, puede dirigirse a su autor, Eduardo B. Almada, al teléfono 642-127-0817, o bien a su correo electrónico: edalmada@pasandolabola.com