Opinión

El PRI

 
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Los resultados de las elecciones del pasado 5 de junio representaron un terremoto al interior del Revolucionario Institucional. Desde la recuperación de la presidencia de la República en 2012, los tricolores no habían sufrido reveses tan grandes como los del mes pasado. Y es que en las elecciones federales de medio término en 2015 las cuentas les fueron favorables de manera significativa al reforzar su mayoría en la Cámara de Diputados al lado de sus aliados naturales, en un hecho sin precedentes desde el inicio de la alternancia en el 2000. Lo logrado por el gobierno de Peña a través de las reformas y la operación política a nivel nacional fue destrozado por gobernadores corruptos y abusivos sin control alguno.

Una vez más, el error más grave de la transición democrática mexicana terminó por derrumbar los logros reformistas de la administración priista.

La fuerza de los gobernadores, su poder económico y político, la falta de contrapesos y la impunidad producto de la ausencia de mecanismos para la rendición de cuentas, han hecho de estos personajes elementos incontrolables con un poder mayor que el propio presidente de la República. Nada ni nadie pudo detener a César Duarte en Chihuahua, a Javier Duarte en Veracruz o a Roberto Borge en Quintana Roo.

Ni siquiera un político experimentado como Manlio Fabio Beltrones fue capaz de contener desde la dirigencia priista a estos virreyes que paradójicamente fueron incapaces de garantizar el triunfo electoral para los candidatos de su partido. Y es que el daño ocasionado a la ciudadanía por estos políticos abusivos no pudo ser contrarrestado por el aparato partidario, o por las tradicionales estrategias de entrega de recursos a distintos grupos sociales. La voracidad de los gobernadores acabó con la gallina de los huevos de oro, e hizo recordar a los electores el viejo sistema priista autoritario y corrupto. La misma fuerza de los mandatarios estatales que fue fundamental para el triunfo del PRI en 2012, fue la que hoy golpeó al tricolor de manera importante.

Hoy, la nueva dirigencia encabezada por un hombre joven como Enrique Ochoa, junto con el gobierno federal, deberá amarrarle las manos a los gobernadores en todos los sentidos, así como a los delegados estatales del partido cuyos intereses no son siempre los mismos que los de la cúpula partidaria. Si en 2012 los priistas pudieron capitalizar entre otras cosas el olvido de la ciudadanía de un pasado autoritario y corrupto, los gobernadores se han encargado de demostrar que las cosas no han cambiado a pesar de todo.

El 2018 enfrentará al PRI a dos realidades difíciles de conciliar ante una ciudadanía que tendrá varias opciones para votar. Una, la de las reformas, de los éxitos ante las resistencias a los cambios y los avances logrados en la actual administración, y la otra, la de la corrupción y la impunidad de gobernadores que una vez más se pitorrearon del Estado de derecho y el poder presidencial para enriquecerse y generar proyectos de poder más allá de los legalmente permitido. Y si bien es cierto que estos excesos se dieron también en mandatarios panistas y perredistas, el hecho de que haya existido tolerancia hacia los priistas por parte de un presidente tricolor daña enormemente la imagen del partido para 2018.

Se acaba el tiempo para que el Revolucionario Institucional encuentre una solución a esta encrucijada, y al dilema que representa la sucesión de 2018 entre el candidato del presidente y aquel que pueda ganar más allá del voto duro partidario. Es hora del pragmatismo y de difíciles decisiones.

Twitter: @ezshabot

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