Opinión

El presidente

 
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Enrique Peña Nieto

El papel del presidente en el proceso de selección de su sucesor ha sido un elemento fundamental en el sistema político mexicano. Durante el periodo del presidencialismo absoluto, la guerra al interior del gabinete era un fenómeno casi secreto que culminaba con el famoso 'destape' que era la decisión del primer mandatario sobre quien debería continuar con su tarea, lo que casi nunca sucedió.

Pero más allá de rupturas y arrepentimientos, el proceso de designación de sucesor funcionó hasta el 2000, cuando Ernesto Zedillo permitió la elección de Francisco Labastida como candidato priista sin el interés real de garantizar la continuidad partidaria.

Los dos presidentes panistas fracasaron en sus intentos por designar sucesor. Vicente Fox se empecinó en impulsar a Santiago Creel y fue derrotado por Felipe Calderón, quien obtuvo la mayoría de los votos de la militancia panista y que finalmente consiguió el apoyo del guanajuatense ante el pánico que representaba un inminente triunfo de López Obrador. Pero el propio Calderón cometió el mismo error que Fox al impulsar a un Ernesto Cordero que no contaba con la fuerza suficiente al interior del panismo y fue superado por Josefina Vázquez Mota quien, ella sí, no contó con el apoyo del presidente para la elección de 2012.

Hoy, un presidente priista tiene que procesar una sucesión presidencial en donde sí existe un interés manifiesto por mantener la presidencia en 2018, en un momento en donde Peña Nieto sigue teniendo un peso fundamental en la decisión final sobre la figura que representará al tricolor, pero bajo el principio de que este personaje deberá ser competitivo y aceptado por el priismo nacional, bajo el riesgo de ser abandonado por otras opciones más atractivas para el electorado. Es decir, el presidente no puede elegir a alguien que él considere su delfín, sin considerar de manera pragmática sus posibilidades de triunfo en las urnas. A esto habría que añadirle una vez más el fantasma López Obrador que vuelve a plantearse como una posibilidad de triunfo y por lo tanto de retorno al pasado de un nacionalismo revolucionario trasnochado e inoperante.

Es cierto que cualquier decisión del PRI y del presidente sobre su candidato a la presidencia de la República pasa por la elección del Estado de México. Una derrota del PRI en esa entidad alejaría de manera sustantiva cualquier posibilidad de triunfo en los comicios del 18, y por lo tanto el interés de competir por esas siglas disminuiría significativamente para los hoy potenciales candidatos, abriendo otra línea de alianzas y acuerdos partidarios. Por el contrario, la victoria de Alfredo del Mazo incrementaría la competencia interna en el PRI entre figuras como Luis Videgaray, Miguel Ángel Osorio Chong, Aurelio Nuño e incluso Eruviel Ávila, quienes verían en el PRI un canal adecuado para llegar a Los Pinos.

Queda claro que la figura presidencial como tal no sirve ya como referencia para ganar elecciones. No le sirvió a Calderón en relación con Fox, y por supuesto que tampoco operó con Josefina y sus vínculos con Felipe Calderón. El próximo candidato priista tendrá que construir una relatoría propia ajena a Peña Nieto, si es que quiere presentarse como una alternativa novedosa y no contaminada con el desgaste de su antecesor. Esto es sumamente complicado principalmente en lo relativo a los temas de corrupción de gobernadores que no terminan por resolverse en las instancias judiciales correspondientes.

El fin de sexenio vuelve a reproducir esa real pero injusta imagen de un mandatario que es percibido más por sus errores y omisiones, que por sus logros y avances. La democracia, y la política como lucha por el poder, no tiene contemplaciones con sus participantes a quienes devora en aras de ver surgir un nuevo poder rejuvenecido y con capacidad de generar renovación y esperanzas.

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