Opinión

El presente que dura la eternidad

 
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Roger Federer. (Reuters)

¿Cuánto dura la genialidad? En la metafísica del tenis, la bella tarea de Roger Federer perdurará por décadas. Serán sus apellidos postreros “el mejor tenista de la historia”. Rilke, el siempre atinado, pregunta: ¿cuánto dura el presente?

Desde 2003, el suizo ha ido construyendo un presente infinito. Una genialidad imperecedera. Llega a los 94 títulos e iguala la marca, casi desquiciante, de Ivan Lendl, el checo que ponía en a prietos a John McEnroe. Hubo un tiempo en que la edad (Esquilo dijo que la juventud es un mal que se cura con el tiempo) jugó su partido contra el exquisito Federer. Las piernas, pero sobre todo el estado de ánimo durante los largos juegos ante Nadal, parecían adelantar las oscuras golondrinas del retiro para el máximo poseedor de los torneos grandes. Pero el Wimbledon de este 2017 hizo creer que el presente y la genialidad durarían varios suspiros más en la pista.

Cuando Nadal cayó en la desgracia de las lesiones, Djokovic y Murray asumieron un papel protagónico en la clasificación de la ATP. La ruleta rusa de los desastres musculares afectó en este curso a ambos. Entonces los viejos recuperaron sus roles. Federer se hizo de Inglaterra y Nadal de Estados Unidos. El español, que ha caído en la vuelta de escritorio ante el suizo, es, nada menos, que el número uno de la lista de los profesionales. Ahora Federer se hace de Shanghái y se pone a quince títulos de alcanzar al gran Jimbo Connors, comandante de los más ganadores de eso que llaman cómodamente Historia.

El juego de la metafísica del tenis es que cada vez que el suizo sale a la cancha alarga la genialidad y el presente, el presente perfecto en el que se han reunido casi 15 años de arte, de ciencia y de inspiración divina. ¿Cuánto dura el presente? ¿Cuánto la genialidad? Tal parece que perduran y percuten en lo que Federer pretenda. No ha llegado el futuro después de Michael Jordan, en la NBA, o de Michael Schumacher, en la Fórmula 1. Son presentes congelados; significantes de un tiempo nunca ido. Lo casual y causal con Federer es que la belleza no obedece a los avatares del tiempo. Eterno poema del tenis.