Opinión

El poder y la gloria

 
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80 Convención Bancaria

Celebran su estabilidad y el desempeño lo miden por sus ganancias; al tiempo que las olas del mar los arrullan critican sotto voce los descuidos e ineptitudes del gobierno para luego aplaudir en público y brindar por el presente y el futuro de las reformas estructurales. De paso, algunos se preguntan por la suerte de López Obrador y por la exactitud de sus críticos para quienes sus tropezones en Nueva York marcan el inicio de la cuenta regresiva.

Poderoso caballero sigue siendo Don Dinero, aunque en buena parte del mundo avanzado pocos o nadie se atrevan a proclamar el arribo de una recuperación digna de tal nombre ni de una estabilidad financiera que no descanse en los inclementes recortes al gasto público. A la protección social o, como lo anuncia Trump, la eliminación de las asignaciones para la cultura, las artes y las humanidades junto con la reducción a su mínima expresión de los compromisos del Estado americano con el cuidado del medio ambiente, el desarrollo sostenible y demás empeños dirigidos a encarar la amenaza real e inminente, ya entre nosotros, que entraña el cambio climático.

Allá afuera, pero desde la propia y bella bahía acapulqueña, no hay sino una 'normalidad falsa', una estabilidad ficticia cuyos imaginarios cimientos descansan en la simulación de las finanzas y una retórica implacable, incapaz de asumir la imposibilidad de seguir 'previendo' a partir del pantano en que se ha convertido la economía mundial. De nuevo se habla de 'brotes verdes' pero también del espectro del estancamiento secular que, sin tregua, obstaculiza cualquier renacimiento de la economía global.

¿Deberían los banqueros interrumpir su siesta playera para atender llamadas de ultra mar? ¿Sería conveniente que tomaran nota de lo sombrío del panorama macro económico, una vez que se pone en el centro de la observación lo que pasa en el mundo del trabajo y los salarios, en la informalidad laboral o el desamparo juvenil que hoy se acompaña por la cruel y escalofriante realidad de su condición de víctimas y/o victimarios en la tragedia de las fosas y los pozos donde los criminales mayores, muchos de ellos también jóvenes, los depositan sin bendición ni responsos?

Deberían hacerlo para, desde su privilegiado observatorio, admitir que su visión del mundo no puede generalizarse so pena de caer en el autoengaño y que su mundo se ha vuelto una fortaleza en una isla.

Reconocer que a pesar de sus artilugios defensivos sus 'murallas' pueden ser vulneradas y ocupadas por los 'bárbaros' que las rodean en sus balsas enormes donde sus falanges rezongan y se disponen para saltar, como el león del poeta.

Pueden desaparecer las ideologías; las batallas de otro tiempo pueden haber sido sucedidas por unas 'batallas en el desierto' que se disuelven en la bruma, pero la idea y la sensación de que entre ese reino de los poderosos caballeros y el otro, cargado de penuria y sangre, hay una gran injusticia y una mayúscula y nefasta invención, cunde en calles y campo, aulas y cenáculos.

Los criterios para evaluar el desempeño económico general no son los que suelen usar las oficinas de análisis económico de los bancos y las financieras. Lo que también ocurre con los grandes proyectos mineros y ocurrirá con las 'fabulosas' inversiones que atraerá, algún día, la reforma energética. Pero en una circunstancia tan crítica y tensa como la actual, es urgente encontrar alguna convención robusta para definir los términos del debate que viene.

Afectado el Inegi en su imagen de objetividad y compromiso con el servicio público; con un Banco Central que inicia su vigilia por la ida del gobernador y la incierta selección de su relevo; con una opinión pública volcada a descifrar el trabalenguas —Trump, mitificando el TLCAN y anexas, el campo de incertidumbre y opacidad ha crecido y nuestra capacidad nacional de síntesis disminuido—. Difícil tarea la de crear expectativas que eventualmente devengan fuerzas de cambio.

No es la celebración ritual de la banca la que va a proveer los mecanismos necesarios para cruzar la bruma y trazar rumbos promisorios que nos saquen del cabotaje enano en el que hemos navegado en estos años duros y que los descubrimientos mortuorios demoledores de Veracruz han convertido en bajo fondo, presagio de naufragio. Aunque es indudable que en esos salones hay un conocimiento que debía ponerse en juego.

La banca y el Estado, asociados o del brazo y por la calle, a la vez que tensos, podían haber formado una pareja impetuosa que articulara intereses y proyectos para un nuevo desarrollo, que desplegara una industrialización renovada de las fuerzas productivas existentes, mientras se ponía en movimiento la capacidad de innovación y reforma estatal en proceso de formación. Pero no ocurrió así. No sólo por culpa o impremeditación del gobernante, sino también por la falta de visión y la pequeñez de miras del mundo de las finanzas y la especulación.

Pasada la tormenta de la nacionalización y las crisis, la banca extranjerizada se volvió fuente unidimensional de ganancias magnas, en un país corroído por su lento crecimiento y sus recurrentes crisis acechando a la vuelta de la esquina. Nunca dispuestos del todo a arriesgar en proyectos de mediano y largo plazos, los bancos se concentraron en el consumo, las comisiones y la deuda pública, en tanto que el Estado se disfrazó de guardián de un santo y evanescente grial estabilizador sin mayor iniciativa que la de clamar por reconocimientos. Mala y dispareja pareja, pero indispensable si de desarrollo es de lo que hay que hablar. Los banqueros abordarán 'el dilema global: liberalismo contra populismo'. Aunque, en realidad, se trata de un 'trilema': entre el liberalismo y el populismo, el Estado social.

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