Opinión

El poder superior

 
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Javier Duarte

Uno. Condición esencial de una auténtica terapia contra las adicciones, vista la ingobernabilidad de la droga de que se trate, es la de invocar un poder superior al adicto. En la forma que éste lo conciba. Cesión de la voluntad que no pocas ocasiones produce verdaderos milagros.

Dos. Mundo, en cambio, descreído, pagano, es el de la política. A no ser claro está, que se considera a la ideología, religión. Y para qué andarnos con cuentos: adictivo por dónde se le vea, el Poder sólo se cura poseyéndolo.

Tres. Lo que lleva a la incuestionable certeza de que el llamado a instancias suprahumanas corresponde en exclusiva al creyente (sin dubitaciones), ora en un cuerpo de verdades reveladas y contenidas en un texto sagrado (la Biblia, el Corán), ya en otras entidades. La naturaleza panteísta, por ejemplo.

Cuatro. Vaya, ni siquiera Martín Lutero, hoy por hoy tan conmemorado en su natal Alemania, padre del protestantismo, dejó de situar su causa en el terreno concreto de la religión católica a la que pertenecía, y que sometería a profunda mutación: la Reforma.

Cinco. Situación diversa es que sus reclamos fructificaran en la modernidad laica. Ese libre examen que la tecnología de la imprenta de tipos móviles, propagaría por todo el planeta.

Seis. Resumiendo: los vientos de la política soplan del lado del César, no del lado de Dios. 

Siete. Por eso llamó poderosamente la atención que dos políticos, en asuntos que atañen a la política (como poder o como administración de facultades públicas), invocaran fuerzas superiores. A través de la Fe, puerta a la voluntad divina, o del actuar de una Diosa, la Diosa Fortuna.

Ocho. Lo extraordinario del caso, es que, llamado a la fe, y confianza en la Diosa Fortuna, casi coincidieron en el tiempo y se expresaron, no en la intimidad del fuero interno, lugar de la conciencia, la confesión, sino en la publicidad del ágora.

Nueve. La petición de Fe, por naturaleza ausente de pruebas, enemiga de los hechos contantes y sonantes, la planteó el Secretario de Gobernación respecto al proceso judicial que se le sigue a Javier Duarte, ex gobernador presuntamente forajido de Veracruz.

Diez. A contracorriente de evidencias o sospechas de que se favoreció su fuga, que su persecución peco de morosidad, que su ya inevitable detención se sometió al cálculo electoral, y la deplorable primera escena de su juicio oral, el licenciado Osorio Chong invitó a un acto de fe.

Once. ¿En quién, en qué Poder Superior? ¡En la Procuraduría General de la República! Sin comentarios.

Doce. El licenciado Enrique Peña Nieto, por su parte, al comentar ante los “medios” el tiempo, ya corto (pero, para no pocos, interminable) de su sexenio, al parejo de buena disposición, energía, etcétera, trajo a cuento a la Diosa Fortuna.

Trece. Que yo recuerde, al menos desde el echeverriato (simiente, don Luis, de la Insuficiencia presidencial, que devino incurable), ningún presidente, en el examen del sprint final, recurrió al expediente sobrenatural.

Catorce. Perfectamente natural era que en la Atenas del siglo V a.c., en su esmerada creación (amén de la Filosofía y la Historia), la Tragedia, anduvieran juntos y revueltos Humanos frágiles y Dioses caprichosos. ¿Pero en la política a la mexicana de 2017, rehén de partidos, partiditos y árbitros partidizados? ¿Así estén hechos bolas?

Quince.El Secretario de Gobernación, reconozcámoslo, rectificó. El Presidente de la República, hasta donde alcanzo, no.

Dieciséis. Desazona que, al igual que respecto a la corrupción de la clase política, trasladara el fenómeno a una costumbre establecida, a la cultura, lo haga en lo que se refiere a su gestión de gobernante. ¿Está desplazando, desde ya, posibles desatinos, desaciertos, mal gobierno,
desmanes, fracaso, a la volubilidad de la Diosa Fortuna?

Diecisiete. De esta canija suerte vamos al 2018.

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