Opinión

El poder del voto

   
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Trump durante su voto en NY esta mañana. (Reuters)

El actual proceso electoral en Estados Unidos ilustra muy bien el poder del voto a través de las elecciones democráticas. Las expectativas de rumbo del país norteamericano, y de buena parte del mundo, incluido México, lucen muy distintas si la elección la gana Donald Trump o si la vencedora es Hillary Clinton. El voto tiene el poder de cambiar los escenarios futuros.

En América Latina, con todo y la desconfianza que hay en los partidos políticos e incluso en las elecciones, en varios países predomina la percepción de que el voto es un factor de poder que hace la diferencia a futuro. El reciente estudio Latinobarómetro 2016 preguntó a los entrevistados cuál de estas dos frases se acerca más a su forma de pensar: “La manera como uno vota puede hacer que las cosas sean mejores en el futuro”, o “No importa como uno vote, no hará que las cosas sean mejores en el futuro”.

El primer punto de vista refleja una buena dosis de confianza en el poder del voto, en que la ciudadanía pueda cambiar por la vía electoral el rumbo de un país en busca de mejoría. En Estados Unidos el candidato Trump es controvertido, a ratos bufonesco y para algunos hasta patológico, pero no dudo que muchos de sus seguidores crean fervientemente el mensaje Make America Great Again, de leerlo como un deseo de mejora, aunque no necesariamente como un plan de acción. Algunos críticos lo ven como un grito de nostalgia por un país que ya no existe. Pero es importante enfatizar la creencia en el poder del voto al grado de que se vuelve un indicador de una democracia vibrante.

En contraste, el segundo punto de vista refleja una dosis de desencanto con la democracia: el voto no sirve, las elecciones no cambian nada. Se trata de un sentimiento de impotencia ciudadana, de desilusión y de desesperanza. Parece reflejo de una depresión política, de un malestar democrático. Perder la confianza en el voto es perder la autoestima ciudadana de influir en quien gobierna y de controlar a quien gobierna.

De los 18 países en donde se realizó el estudio Latinobarómetro 2016, en la mitad de ellos el punto de vista mayoritario es la creencia en el poder del voto. Destaca Venezuela donde -aunque sumida en otro tipo de malestares- no se ve mermada la confianza ciudadana de que el voto hace la diferencia. Argentina, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Perú, Bolivia, República Dominicana y Brasil entran dentro de este grupo de países en lo que el voto se mira como un catalizador de cambio para mejora futura. Sí, incluido Brasil, donde han sido otros mecanismos los que han llevado al cambio recientemente y no el voto. En Nicaragua y Guatemala las opiniones están divididas pero con una pluralidad que confía en el voto.

En contraste, hay siete países en los que el punto de vista mayoritario es la desesperanza electoral, la creencia de que el voto no importa. México está en este grupo, junto con Colombia, Costa Rica, Panamá, Chile, El Salvador y Honduras. De acuerdo con el estudio, 44 por ciento de los mexicanos cree que el voto sí hace la diferencia y 53 por ciento cree que el voto no importa. En su libro The Power Of The Vote (2007), el estratega y encuestador Douglas Schoen señalaba a la elección mexicana del 2000 como un ejemplo del poder del voto. En 2012 nuevamente hubo una alternancia, y las encuestas rumbo a 2018 lucen tan cerradas que cualquier cosa puede pasar dependiendo del voto. En este 2015 el voto demostró su poder en las elecciones estatales, tanto para remover gobiernos como para ratificarlos.

¿Por qué entonces la mayoría de los mexicanos cuenta hoy con una baja autoestima política creyendo que su voto no importa? Quizá porque la creencia en el poder del voto se extiende a que el gobernante electo haga su parte, y ahí hay otra dosis de desconfianza. Los aspirantes a 2018 deben tomarlo en cuenta: pedir el voto será crucial para ganar las elecciones, pero obtenerlo es comprometerse a hacer la diferencia.

Twitter: @almorenoal

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