Opinión

El placodermo

Gil leyó la noticia bomba en su periódico El Universal. Un estudio realizado en Sidney ha hecho una gran revelación sobre quiénes somos y de dónde venimos. A Gamés le interesan las preguntas colosales: los machos de los placodermos desarrollaron miembros genitales para trasferir esperma a las hembras.

Gilga siempre pensó que había algo anfibio en las profundidades del amor y sus demonios. Los placodermos asistieron a la hora chingüengüenchona, diría el clásico Beto el Boticario, y lograron ni más ni menos que el sexo, es decir, la copulación y la fertilización interna.

La lectora y el lector se preguntarán con razón qué rayos (ra-ra) es un placodermo. Oigan esto: unos peces prehistóricos que poblaron la Tierra hace 385 millones de años. La investigación, encabezada por el paleontólogo australiano John Long, de la Universidad de Flinders (Australia), y publicada en la revista Nature, contiene una de las grandes revelaciones de la historia evolutiva de la reproducción sexual.

Vertebrados


Los extintos placodermos, dice la nota de El Universal, son los primeros ancestros vertebrados de los seres humanos. Gil siempre ha tenido la actitud clásica del placodermo: ¿a qué hora vas por el pan? Hay una probabilidad alta, afirman los paleontólogos, de que el placodermo desarrollara genitales con una frase como ésta.

Los placodermos fueron peces con mandíbulas con placas cortantes, medían unos ocho centímetros de largo y habitaban los antiguos lagos de los territorios que hoy ocupan Escocia, Estonia y China. Gil siempre sospechó de los chinos, muy raros, pero de los escoceses y los estonios, ¿quién lo dijera?

La investigación, basada en fósiles, muestra que los machos de los Microbrachius dicki, que pertenecen al grupo de los antiarchios de los placodermos, desarrollaron unos miembros genitales huesudos con forma de L que les permitían transferir esperma a las hembras, explica el comunicado de la Universidad de Flinders. Aigoeeei. Niños, tápense los ojos: ¿huesuda? No somos nada, nos hemos degradado hasta convertirnos en algo sin estructura.

Ahora mal, amigas feministas, escuchad: por su lado las hembras desarrollaron pequeños huesos para asegurar los órganos masculinos durante la copulación. Aigoeei. Todo era un asunto de huesos, caracho. Agárrense (no empiecen): Long descubrió cómo copulaban estos peces cuando estudiaba un hueso fósil de la colección de la Universidad de Tallin, Estonia. Un hueso, como lo oyen.

Fósil

Total: ese fósil simboliza la forma más primitiva conocida de un órgano sexual y demuestra la primera fertilización interna y una copulación como estrategia reproductiva, dice la nota de El Universal, conocida en los registros paleontológicos. Ah, las estrategias, siempre terminan en tácticas dilatorias.

Microbrachius significa pequeños brazos. Los científicos vivieron desconcertados durante siglos sin saber para que servían esos pares de brazos. “Hemos resuelto un gran misterio porque ahora sabemos que servían para la copulación, para que el macho posicionara su miembro en el área genital de la hembra”, dijo Long y añadió: “nuestro descubrimiento da cuenta del origen de la copulación en el escalón más temprano de la evolución de los animales con mandíbulas”. Gamés no sabe qué pensar. No, señores, los placodermos no bebían hasta las altas horas de la noche, pueden estar ustedes seguros.

Oigan esto, por favor: el profesor Long afirma que los peces copulaban en posición lateral, lo que permitía que el macho maniobrara sus órganos genitales en la posición correcta para que este encuentro sexual se produjera en una especie de baile cuadrado. Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y caviló: ¿un baile cuadrado? Diantres, en el pasado remoto está el porvenir. En sus buenas épocas, Gilga le llamaba a ese acto culminante de a trenecito, o de cuchara, o de ladito, pero “baile cuadrado”, nunca se le hubiera ocurrido.

La máxima de Woody Allen espetó dentro del ático de las frases célebres: “El sexo sólo es sucio si se hace bien”.

Gil s’en va