Opinión

Peso: entre Trump, lo que se debe y lo que se roban

 
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Trump no superó a Trump y perdió el primer debate en el que se enfrentó con Hillary Clinton; lo único que el republicano maneja con soltura es la provocación de ansiedad y miedo en su auditorio.

No consiguió alterar a Clinton, por lo que se lamentó después de no haberla atacado “con las mujeres de su marido", pero advirtió de que en los próximos debates la atacará “más fuerte”.

Su recurso es hacer papilla el ánimo de los trabajadores blancos que han perdido su empleo o sufrido pérdidas en sus salarios, y ofrecerles como salida la de acabar con la causa identificada.

En el debate repitió la cantaleta de la acusación a México y a China de tener los puestos de trabajo que les corresponden a millones de estadounidenses.

Hay que reconocerlo, le ha resultado eficaz poner a nuestro país como blanco para dirigir la ansiedad económica de quienes, venidos a menos económica y socialmente, se sienten víctimas de la globalización.

Si Trump fuera presidente, la economía de México sufriría un choque de consecuencias inmediatas tremendas; a esa posibilidad se ha atribuido la depreciación cambiaria de nuestra moneda de las últimas semanas.

Puede ser, pero en una parte muy menor; la depreciación fuerte del peso es anterior al fenómeno Trump. Peña Nieto recibió el gobierno con una paridad de 13.08 pesos por dólar.

Si ahora gravita en torno a los 20 pesos, es porque algo va muy mal en la macroeconomía, en la microeconomía y en la economía de las familias de este país.

El gobierno suele explicar las dificultades para crecer en inversiones y empleo por la desaceleración global y la caída de los precios de exportación del petróleo desde 2014.

A partir de este 2016 y para los próximos dos que le quedan al sexenio, hay que agregar los desequilibrios en la balanza comercial y los recortes al gasto público.

Es claro para todo mundo que el recorte al gasto “muy importante y significativo” -como reconoció el secretario de Hacienda José Antonio Meade- convierte a la política macroeconómica en un factor desfavorable al crecimiento de las inversiones y de la producción.

Lo cierto, también, es que las alternativas son inviables: para aumentar las exportaciones, el empresariado y la planta productiva del país tendrían que ofrecer productos irresistibles a las clases medias de los países ricos, como el Iphone, por ejemplo. No tenemos capacidad científica ni tecnológica para hacerlo.

Otra alternativa al recorte del gasto es elevar los impuestos, pero el gobierno de Peña Nieto no tiene la fuerza política necesaria, siquiera para sugerirlo.

Sanear el gasto y aplicarlo con mayor eficiencia para que fuera eficaz, exigiría que se combatiera a fondo la corrupción, y para ello tampoco se ve capacidad ni voluntad política al presidente.

Así que el mejor escenario posible de los próximos dos años es el recorte al gasto y al crecimiento económico, que la efervescencia social no se desborde y que Clinton llegue a la presidencia de Estados Unidos. El peor, mejor ni imaginarlo.

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