Opinión

El peso del pasado

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[Bloomberg] Hay 170,000 millones de pesos en el fondo de pensiones. 

En los días pasados comentamos acerca del tema de pensiones, que requiere atención, pero no creo que deba convertirse en una amenaza. Como veíamos, habrá que obtener recursos adicionales para que el gobierno pueda cumplir con sus obligaciones. Tal vez sean cuatro o cinco puntos del PIB lo que nos faltan, y tenemos 15 o 20 años para irlos consiguiendo. Nada imposible, pero sí requiere decisión.

Los sistemas de pensiones asociados al empleo, creados después de la Segunda Guerra Mundial, se han convertido en lastres muy pesados en varios países del mundo. No se consideró que el cambio tecnológico reduciría el número de trabajadores, y al mismo tiempo elevaría la esperanza de vida, transformando también el perfil epidemiológico de los mayores. Los países desarrollados hoy deben dedicar casi un tercio de su producción a sostener los gastos de salud y seguridad social.

Nosotros rondamos 10 por ciento entre ambas cosas, pero hay países latinoamericanos, como Brasil, que se acercan al 20 por ciento. Puesto que en muchos países este tipo de gastos se concentraron en el gobierno, esto les obliga a recaudaciones muy elevadas. Pero si no fuese así, de cualquier manera habría que pagar, pero la distribución del pago sería muy diferente.

Este tema ilustra muy bien un fenómeno que olvidamos con frecuencia. Las decisiones que tomamos son muy difíciles de revertir, y sus efectos pueden durar varias generaciones. Acciones que pueden parecer razonables en un momento del tiempo se convierten después en graves dificultades, que obligan a las siguientes generaciones a asumir costos que superan por mucho lo que al principio parecía una buena idea.

Por ejemplo, la construcción del México actual mediante un sistema político corporativo y autoritario, que a muchos les parece buena idea porque suponen que eso pacificó al país, nos ha dado como resultado sindicatos muy poderosos, que viven de los demás, así como una estructura económica inoperante, que no nos ha permitido crecer. Una economía cerrada, controlada por el Estado, en manos de estructuras clientelares y capitalismo de compadrazgo, que aparentó crecer unos años (1946-1965), pero sólo porque veníamos de décadas de estancamiento. Deshacernos de ese lastre ha exigido reformas muy profundas, que no pudimos hacer en un solo momento. El primer bloque terminó en el año políticamente más violento desde la Revolución, 1994; el segundo, que terminó hace un año, también enfrenta una reacción fuerte, si bien menor que la anterior.

Pero los cambios en la estructura económica son sólo una parte. Se requiere además ir eliminando a los rentistas: sindicatos, centrales campesinas, empresarios, universidades públicas. No todos los que están en esos grupos son rentistas, pero los hay, y no son pocos, y nos cuestan mucho. Se llaman rentistas porque no generan riqueza, sino que viven de la que generamos los demás. Esos grupos defienden sus privilegios con todo lo que esté a su alcance, y por eso ha sido tan complicado corregir las cosas. Y, en el fondo, la gran mayoría de los mexicanos, de una u otra forma, tiene su pequeño privilegio que quiere cuidar, pero quitando a los demás el propio.

La historia sigue trayectorias. Vamos construyendo sobre lo que los anteriores dejaron, y lo nuestro será usado por los que vienen. Corregir a veces implica desandar parte del camino, pero en otras ocasiones requiere torcer ligeramente el rumbo y paulatinamente acercarse a lo deseado. Y siempre hay quienes se molestan por los cambios. La política democrática consiste en decidir entre seguir, desandar o torcer, aguantando unas quejas y evitando que la molestia sea tan grande que la tribu se destruya. Pues eso.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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