Opinión

El peso de la realidad

10 febrero 2014 4:18 Última actualización 11 septiembre 2013 5:2
Mario Rodarte E. La ciencia económica ha sido acusada en varias ocasiones, de numerosos cargos, entre ellos por su elevada dependencia de los supuestos, que llevan a algunos especialistas a derivar ciertas conclusiones que dejan pasmados a otros, tanto especialistas como civiles normales. Aclaramos que son sólo ciertos especialistas quienes abusan de los supuestos para analizar fenómenos, sin mayor consideración sobre su ocurrencia y características. La arrogancia de este grupo de especialistas es tal, que presumen poder decir cuándo sucederán las cosas, en qué magnitudes y dirección. Demasiado. Debemos aclarar que en el proceso de razonamiento económico no hay nada de malo con utilizar supuestos, simplemente teniendo claro que de ese razonamiento saldrán hipótesis, mismas que siendo razonablemente sometidas a pruebas estadísticas, pueden llevar a algunas conclusiones, en las cuales hay que tener cuidado que los supuestos no aparezcan. Cualquier aplicación del conocimiento así obtenido, ya sea que se trate de una función de demanda, o una de oferta, o de un modelo del comportamiento de los precios o los salarios, puede ser conducida sin problema, siempre y cuando se cuide el aspecto de la obtención de hipótesis para prueba y cuando se obtienen ciertos parámetros se haga la aclaración de que se trata de un parámetro estadístico, que tiene cierta probabilidad de ocurrencia y que existe un intervalo de confianza para la ocurrencia del mismo. Decir que la aplicación de un impuesto no tendrá efectos sobre el bienestar de la población es una aseveración muy fuerte, en especial si sólo se considera alguna referencia hecha por otras investigaciones, sin considerar aspectos específicos del sitio y la población a la que se trata de extender la conclusión. La distribución del ingreso, el tipo de percepciones de la población trabajadora, su acceso a instituciones de seguridad social, composición de la familia, edad de las personas, entre otros aspectos, deben influir sobre la incidencia de ciertos impuestos sobre su bienestar. El anuncio que se hizo de la propuesta de reforma fiscal del ejecutivo en días recientes vino acompañado de un dato que sorprendió a muchos y otros tantos quizá todavía no se dan cuenta de la magnitud de las revelaciones. Vivimos bajo la creencia de que somos una sociedad de clase media, lo cual casi ni se cuestiona, aunque pocos, o nadie, se ha preguntado las características de esa clase media. Si sólo nos referimos a las estadísticas del mercado de trabajo, un primer dato que debe poner a pensar a muchos es que de los 51 millones de personas en la población económicamente activa, sólo 32.6 millones son trabajadores subordinados que perciben una remuneración. Esto representa 64 por ciento de la fuerza trabajadora; el resto se compone de trabajadores por cuenta propia, empleadores, trabajadores sin remuneración y otro tipo de ocupaciones. El 64 por ciento de los subordinados remunerados se ocupa en el sector terciario, que comprende el comercio y los servicios y cuando llegamos al aspecto percepciones totales, tenemos que sólo 8.3 por ciento de la población trabajadora percibe más de cinco salarios mínimos mensuales. Cinco salarios mínimos elevados al año arrojan una percepción de poco más de 20 mil pesos, por lo que no alcanzan a entrar a la nueva tasa del ISR que se propone aumente hasta 32 por ciento para quienes ganen más de medio millón. Por el dato de salarios vemos que la clase media en México vive apenas al día, ocupándose en actividades precarias, en el sector terciario de la economía, cuya productividad no es precisamente ejemplo a seguir para nadie. Poco más de 1 por ciento de la población ocupada terminará pagando un ISR más elevado, los verdaderos ricos, de acuerdo a las cifras y no la clase media como dicen algunos. Luego viene lo del gravamen a los refrescos, a lo que algunos fabricantes han adelantado que implicará un aumento de casi 15 por ciento en el precio final, cifra que si sólo tomamos como referencia el precio del envase de tres litros, o de dos litros, al parecer el porcentaje de aumento no anda lejos de la realidad. Aquí ni hablar; le van a pegar a todos, aunque el efecto en bienestar sobre los más pobres será mayor, ya que si desean mantener su consumo de refrescos inalterado, deberán sustituir alguna otra cosa de su dieta, o bajar la calidad de lo que consumen, a efecto de que les alcance. Luego viene el gravamen propuesto a los intereses sobre hipotecas y sobre las rentas de casas habitación, en donde esperamos que algún legislador inteligente, si es que los hay, o alguno de sus asesores muy aguzados sugiera que se excluyan del gravamen las hipotecas Infonavit y aquellas cuyos pagos están relacionados a cierto número de salarios mínimos, pudiendo entonces cobrarles el impuesto a quienes utilizan las hipotecas bancarias, que no son precisamente los más pobres. Sobre el impuesto a la renta de casas habitación y al pago de colegiaturas, hay que ver quiénes son los segmentos de la población que usan estos bienes, aunque por lo pronto, si se aprueba el gravamen servirá para que muchas personas que actualmente perciben pagos por rentas y muchas escuelas se pongan en orden con el fisco, con lo cual la ganancia será considerable. Es increíble que tuviera que haber salido una propuesta de reforma para hacer recapacitar a muchos acerca del país en el que vivimos y las condiciones de vida de sus habitantes. El peso de la realidad.  

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