Opinión

El perdedor radical

           
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Hans Magnus Enzersberger, pensador alemán. (Tomada de @Trianarts)

Estos días de vacaciones pondré algunas lecturas a consideración de quienes caigan en este texto por error o voluntariamente. Ojalá alguno sea de provecho.

Sorprendió el ataque de un autobús a un mercado navideño en la zona céntrica de Berlín. La historia es de horror. El chofer fue asaltado, amarrado y asesinado arriba del propio tráiler que terminó embistiendo a una multitud. El asesino logró huir, y fue ultimado en Italia por la policía con la que sostuvo un enfrentamiento a balazos.

Espeluznante fue también el asesinato del embajador ruso en Turquía. Las fotografías y el video del crimen son particularmente horrendas y sorprendentes. Estamos asistiendo a homicidios “en vivo”. La sola imagen del criminal atrás de la víctima –a quien supuestamente cuidaba– es espantosa. Más allá de las consideraciones político, ideológicas o religiosas que se tengan respecto de ese tipo de eventos, es claro que, con mayor frecuencia, hay gente capaz de cometer crímenes y morir por lo que ellos consideran una causa justa o suficiente, eso en el caso de que alguno tuviera. Hay casos como sucede recurrentemente en Estados Unidos, en que las matanzas no tienen causa política alguna, sino razones aparentemente personales.

Hans Magnus Enzensberger –pensador alemán, que entre sus obras está Política y Delito, un magnífico trabajo que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue vigente– describe en un ensayo titulado El perdedor radical (Ensayos sobre las discordias, ed. Anagrama), las posibles causas y resortes de este tipo de personas. Aquí algunos subrayados.

“Las cohortes de los frustrados, de los vencidos y de las víctimas se irán disociando unas de otras en medio de un proceso turbio y caótico. Al fracasado le queda resignarse a su suerte y claudicar; a la víctima, reclamar satisfacción; al derrotado, prepararse para el asalto siguiente. El perdedor radical, por el contrario, se aparta de los demás, se vuelve invisible, cuida su quimera, concentra sus energías y espera su hora”.

“Resulta que el violento es extremadamente susceptible en lo que se refiere a sus propias emociones. Una mirada o un chiste son suficientes para herirle. No es capaz de respetar los sentimientos de los demás, mientras que los suyos son sagrados para él. Basta con una queja de la esposa, la música demasiado alta del vecino, una discusión en el bar o la cancelación del crédito bancario; basta que uno de sus superiores haga un comentario despectivo para que el hombre se suba a una torre y ponga en el punto de mira a todo lo que se mueve frente al supermercado. Y no lo hace pese a que sino precisamente porque la matanza acelerará su propio fin”.

“Cabe la hipótesis de que Hitler y su séquito no buscaran, sino que quisieran radicalizar y eternizar el estatus de perdedores (…) Su verdadero objetivo no fue la victoria sino el exterminio, el hundimiento, el suicidio colectivo, el final terrible. No hay otra explicación para que el hecho de que los alemanes lucharan en la Segunda Guerra Mundial hasta que Berlín quedó reducido a escombros. El propio Hitler confirmó este diagnóstico al decir que el pueblo alemán no merecía sobrevivir. A base de sacrificios inmensos logró lo que quería: perder. Los judíos, lo polacos, los rusos, los alemanes y todos los demás siguen existiendo”.

Twitter: @JuanIZavala

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