Opinión

El perdedor de 2016

 
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Enrique Peña Nieto

Es improbable que Enrique Peña Nieto sea recordado por la reforma educativa. Lo será por ‘casa blanca’ y los contratos de Higa. El 'salvador de México' pasará a la historia por la entrega del petróleo mediante su reforma energética y por haber endeudado al país sin medida y haber empobrecido todavía más a los mexicanos.

El presidente del regreso del PRI no dejará una huella de paz sino de violencia e inseguridad creciente.

Los resultados electorales del 5 de junio son un adelanto del lugar que México, que los mexicanos, conceden en la historia al presidente mexiquense.

En la caída de su popularidad, Peña Nieto arrastró al PRI. Los ciudadanos castigaron al tricolor porque tienen memoria y por el presente que padecen: crisis económica, violencia e inseguridad, disminución de los ingresos y devaluación.

Varios de los estados donde hubo comicios tienen en común que sus actuales gobernadores han sido señalados, en muchos casos con pruebas irrefutables, por corruptos y autoritarios.

Mientras los aspirantes del PRI cacareaban lemas sin sustancia, Los Pinos y sus empleados en el Legislativo torpedeaban las leyes del Sistema Nacional Anticorrupción. Desde Los Pinos se dirigió una estrategia encaminada a la aprobación de un paquete legal sin dientes.

A los ojos de la ciudadanía, esa fue la verdadera campaña electoral del PRI.

Tanto el secretario de Gobernación como el presidente de la República hablaron, en la víspera de los comicios, de campañas electorales que fueron un río de lodo y de basura. No les faltaba razón, pero lo que no dijeron fue que ellos y su partido fueron los principales responsables de la degradación de la política que aleja a los ciudadanos y daña gravemente a nuestro todavía frágil sistema democrático.

Las campañas fueron un compendio de trampas, mañas, dispendio y corrupción.

Estamos frente a un modelo de elecciones pervertido de origen porque está diseñado para la compra del voto o de la abstención, para inhibir la participación, para desviar recursos públicos o lavar dinero ilícito.

Aprovechando cruelmente una situación que ellos mismos provocaron, los priistas lanzaron campañas negras y de intimidación del electorado, un poderoso ácido en lugares que han vivido bajo el terror de balaceras, ejecuciones y descuartizados.

Las trampas del PRI, a las que no son ajenas otras fuerzas políticas, no le fueron suficientes para ganar en todos los estados donde presumía que lo haría con el apoyo de encuestas a modo y de medios de comunicación que llevan una contabilidad paralela para vender anuncios disfrazados de información.

Apenas pasados los comicios, Peña Nieto dijo que las fuerzas políticas deben acatar el mensaje de las urnas. El presidente del PRI habla de la necesidad de reflexionar y cambiar.

Pero sus hechos demuestran que los priistas son demócratas de discurso, de fachada. En sus bocas las palabras equidad, democracia, libertades, son sólo retórica, palabras huecas de mentirosos contumaces.

Agotado el círculo de las reformas, no hay a la vista iniciativas o proyectos que Peña Nieto podría lanzar para recuperar el terreno perdido.

Las iniciativas que lanzó en las semanas previas a la elección (como los matrimonios igualitarios y la legalización de la mariguana), más bien podrían alejar del PRI a un sector conservador de los votantes, especialmente si la jerarquía católica aprieta el paso en su campaña contra los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Si Peña Nieto arrastró a su partido a una derrota en 2016, ¿podrá imponer un candidato sin llevarlo al despeñadero? Va contra la naturaleza del grupo en el poder –como lo demuestran sus negocios en la política– convidar al pastel a personajes ajenos al primer círculo presidencial. De modo que es de esperar que el candidato del PRI será un peñanietista que cargará con él el descrédito y la impopularidad del presidente.

Ese hecho abre una amplia avenida para los millones de mexicanos que no queremos un régimen bipartidista y que no olvidamos los funestos resultados de la docena trágica Fox-Calderón. El PRI tiene que salir de Los Pinos, sí, pero no para que regrese el PAN.

La autora es senadora de la República.

Twitter: @Dolores_PL

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