Opinión

El peor impostor

Al mejor postor o el amor en subasta. Para su opus 10 de ficción como director total, Al mejor postor (2012), Giuseppe Tornatore, ganador del Oscar hollywoodense por Cinema Paradiso (1989), trabaja con ligereza un tema complejísimo: la falsificación del amor como falsificación del arte. Es la historia, pues, del valuador y rematador de bienes Virgil Oldman (Geoffrey Rush), que en su solterona existencia ultrapedante vive como en una obra de arte. Aunque entregándose a su culposo placer de estafar ricos ignorantes comprando obras maestras perdidas a precio de saldo en complicidad con su viejo amigo pintor frustrado Billy (Donald Sutherland).

Sólo que de súbito el amargado y déspota Virgil pasa a obsesionarse de la agorafóbica heredera Claire (Sylvia Hoeks), hasta liberarla, curarla y entregarse a ella en su sancta sanctorum de bellísimos cuadros coleccionados a lo largo de su vida, como en espera de esa bella, joven y fragante Claire, sublimación de la obra maestra que debe poseerse a como dé lugar. Sobre todo si es una escultura en carne y hueso que titubea un día sí y el otro también, transformando al pobre diablo Virgil en objeto de todo tipo de veleidades que concluyen con la veleidad mayor de prácticamente dejarlo todo para entregarse por completo a Claire.

Ignorando por supuesto que se trata de una falsificación de sentimientos y emociones que el inexperto sentimental pero experto en arte de todo tipo no identifica hasta que es demasiado tarde. Acaso una venganza o simple robo planeado por Billy y Claire y su amigo Robert (Jim Sturgess) reconstructor del autómata de Vacheron como efigie simbólica del propio Virgil, convertido en definitivo autómata imbécil que ya no distingue la verdad de la mentira ni la basura acumulada de la obra de arte genuina. A la larga resulta que el buen Virgil, que podía ganar fortunas en segundos, acaba comprando la baratija del amor en un film absolutamente absurdo y sobretrabajado hasta lo inverosímil. Un personaje que remata siempre al mejor postor, se matamorfosea en el peor impostor romántico.

Al mejor postor o la exageración en remate. Como si no pudiera sostener el film por encima de la interesante patología de la protagonista detallada a lo largo de casi una hora, Tornatore lleva a un punto de no retorno la lógica del relato y lo trastoca. A diferencia de otros films similares, aquí se da paso a lo más convencional de una subtrama apenas insinuada -la del amigo pintor resentido-, para unirla a una probable venganza del otro amigo Robert y de una Claire que se revela, o insinúa, como hija de Billy. De ahí se pasa a la exageración de un simple atraco. Luego a la exageración de una trampa fraguada por ratas de dos patas demasiado evidente.

Y finalmente a la exageración de que todo lo visto en una hora y media debe olvidarse para entender la última media hora desde una perspectiva que traiciona por completo el trazado original del film: si Virgil es un experto infalible que ha logrado crear un exquisito gabinete de coleccionista con puras obras maestras compradas en remate, ¿cómo puede caer en una trampa con tantísimos objetos que a la larga se manifiestan como basura de segunda? Y si esto era el queso para que cayera en la trampa, ¿cómo puede dejarse llevar por tan evidente truco barato cuando Virgil hace una valuación, un inventario y un catálogo en el que se insiste en que hay sólo obras dignas de subastarse?

Es así que el relato, de tan lineal trazado, es a la larga una impostura total; una baratija que se remata exageradamente. A pesar del fino estilo del fotógrafo Fabio Zamarion, Tornatore no va más allá de un melodrama edulcorado con cultísimo trasfondo que sólo sirve para exagerar una babosa historia de amor frustrado, y ante la lógica de hierro originalmente planteada, el film en subasta queda vacío, vuelto algo sin sentido idéntico a la idea fetichista del romance idealizado con que juega. Ante la pretensión en la que se regodea media hora antes de la conclusión; ante el fraudulento giro de tuerca previsible final, pues, el film confirma que no es mayor cosa que una impostura, tan dramáticamente gratuita como visualmente atractiva, de principio a fin.