Opinión

El paraíso perdido

1
   

   

euro

Le comentaba ayer que la definición de Albertazzi y McDonnell del populismo supone la existencia de un grupo grande de personas que se consideran excluidas, y a las que el líder les ofrece la recuperación del paraíso perdido. En este sentido, se trata de un fenómeno político diferente de otros que suelen calificarse con el mismo nombre. Por ejemplo, se habla de populismo económico cuando se ofrecen cosas que no son financiables, o de populismo político cuando el líder establece una relación directa con la población por encima de las instituciones. Pero si bien estas dos descripciones tienen sentido, la definición que ayer veíamos permite entender mejor lo que hoy se vive en buena parte del mundo.

Durante la posguerra, Europa logró crecimientos espectaculares, que muchos creyeron que eran algo normal. Si bien nunca en la historia humana hemos tenido crecimiento como el de los últimos doscientos años, específicamente el de la posguerra fue dos o tres veces superior. La causa de ese crecimiento se puede localizar tanto en los desequilibrios originados por los mercados cerrados desde la I Guerra, como con la actualización tecnológica. Sin embargo, en esos años lo que se creía es que se vivía algo normal, y que bastaba con mantener un déficit público para que la economía creciese. Se veían tan bien las cosas que las condiciones laborales se hicieron literalmente paradisiacas: menos horas de trabajo, mejores salarios, bonos, prestaciones, pensiones, vacaciones.

Desafortunadamente, en los años setenta se hizo evidente que eso no era sostenible, y el ajuste fue muy doloroso. Peor aún, se sumó a ello un proceso de cambio tecnológico cada vez más acelerado, que empezó a desaparecer la industria. Finalmente, la segunda etapa de globalización (la primera fue a fines del XIX) incorporó a miles de millones de trabajadores en otras partes del mundo, que aunque no eran igual de productivos que los europeos o estadounidenses, entre varios sí competían por un puesto de trabajo. El resultado es el siguiente: por un lado, los empleos son cada vez menos; por otro, son capturados por personas con más estudios, salvo si se trata de trabajos muy simples; finalmente, las economías se mueven aceleradamente hacia los servicios.

De 1980 a 2010, Francia pasó de 17.8 a 23.6 millones de personas ocupadas, pero la industria pasó de 7 a 4.8 millones. Específicamente en manufacturas, Francia perdió 1.3 millones de puestos de trabajo, aunque en servicios de salud creció en un millón, y en millón y medio en administración y gobierno. En Alemania, pasaron de 26.5 a 38.5 millones de empleos, pero en industria perdieron 600 mil, pasando de 11.6 a 11 millones. De 1991 a 2010, en manufacturas, Alemania pierde 3.3 millones de empleos, pero gana dos en educación y salud, y en el neto prácticamente no crea empleo en esos 20 años. En términos de ingresos, los datos en Estados Unidos son reveladores: una persona con estudios profesionales ganaba 40 por ciento más que alguien sin licenciatura en 1980, veinte años después, ganaba el doble.

Los trabajos en servicios, sin embargo, no todos permiten sostener un esquema de bienestar como el que se construyó para la industria. En servicios hay desde puestos que requieren muy poca calificación, hasta los que corresponden a la “economía de torneo”. Mientras los primeros son de salario mínimo, los últimos, al globalizarse, son de millones de dólares, como ocurre con deportistas, actores, y también periodistas y escritores de fama mundial. Quienes están preocupados por el incremento en la desigualdad, deberían incluir este fenómeno en sus análisis.

Ese paraíso perdido es lo que el populismo ofrece recuperar en Europa. Con bastante éxito hasta ahora, y es explicable. Pero hay más, así que seguiremos con esto.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

También te puede interesar:
Populismo
Lo nuestro es mental
Competitividad inalcanzable​