Opinión

El País de las Maravillas: Naufragio

10 febrero 2014 4:44 Última actualización 18 julio 2013 5:4

 
 
Juan Miguel de Mora
 
 
No fue Joseph Conrad el primero. En 1880 el SS Jeddah salió de Singapur rumbo a Yida con musulmanes que iban a la Meca, entró en una tempestad, se le abrió una vía de agua y, creyendo que se hundiría, la tripulación, con su capitán al frente, abandonó el barco y a sus pasajeros. Llegó a Adén, todos de acuerdo en decir que el barco se había hundido, y lo encontraron en Aden. Un barco francés lo halló y lo remolcó. El cobarde comportamiento de la tripulación sirvió a Conrad para escribir Lord Jim, una de las cien mejores novelas del mundo según Le Monde, publicada en la revista británica Blackood’s Magazine entre 1899 y 1900. Conrad se centró en Jim, primer oficial celoso de su honor y ahora avergonzado de sí mismo por su cobardía abandonando el barco y los pasajeros al mar embravecido.
 
 
 
Siempre con el peso de su acto, años más tarde, en tierra, asume la responsabilidad de defender una comunidad de un ataque pirata y responde con su vida. Pero en la novela de Conrad no hubo víctimas y parece que tampoco en el SS Jeddah.
 
 
 
Donde sí las hubo, 32 muertos (y hubo que evacuar a cuatro mil 229 pasajeros) fue en el naufragio del crucero Costa Concordia, frente a la isla italiana de Giglio, en 2012. Esto es de actualidad porque mientras usted lee aquí, en Italia están juzgando a Francesco Schettino, el capitán del barco, que lo abandonó antes que se pudiese salvar a los pasajeros. Era uno de esos cruceros para tontos: se aglomeran como sardinas unas cinco mil personas como en un multifamiliar navegante. Pero aun los tontos tienen derecho a confiar en el capitán del barco en que navegan y Schettino no sólo fue el culpable del naufragio, sino se negó a volver al barco varado, a ponerse al frente de las maniobras de salvamento, cuando se lo pedía Gregorio de Falco, jefe de la capitanía de Livorno. ¿Se imagina, lector, el caos que sería ese barco hundido por un costado, con más de cuatro mil pasajeros aterrorizados resbalando por las cubiertas inclinadas en un ángulo de 90 grados?
 
 

Pero, a diferencia del Jim de Conrad, al capitán del Costa Concordia no parece haber sufrido en su dignidad, si es que algún día la tuvo. Está con miedo cerval a los armadores, inclina la cerviz ante los que mandan y en el juicio sólo le interesa salvarse, lo mismo que en el barco.
 
 
Algunos expertos en comparaciones han desoído a don Miguel de Cervantes (el que dijo que las comparaciones son odiosas y tenía razón), y se han puesto a comparar: resulta que entre el capitán incompetente, cobarde y desprovisto de vergüenza y muchos de nuestros políticos hay un evidente paralelo: carecen totalmente de capacidad para sus cargos, son cobardes y siempre tienen miedo a los que mandan más que ellos: los presidentes municipales y los diputados locales ante los gobernadores; los gobernadores ante el presidente y el presidente, sea el que fuere, ante Washington. Pero justo es reconocer que eso ya no es tan grave como lo fue en otro tiempo. Ahora que Francia (¡y con un gobierno “socialista”!), España, Portugal y algunos otros obedecen los caprichos del Pentágono estando tan lejos, ¿qué podría hacer México si cuando el tío Sam tose nos salpica?
 

No se engañe, lector, si usted es empresario de algo más importante que una miscelánea; tiene un bufete de abogados de cierta importancia; se ha distinguido escribiendo alguna vez un artículo en un periódico; se destacó en algún acto público, manifestó su desacuerdo con el gobierno en una reunión de influyentes o es amigo de algún cargo político de mediana importancia para arriba, sus teléfonos están intervenidos y sus correos electrónicos vigilados.
 
 
Espero que usted no sea del nutrido grupo de seguidores del señor alcalde de San Juan de los Lagos en el siglo XIX y vaya a pensar que es imposible vigilar a tanta gente: ¡pobre inocente!
 
 

Las conversaciones telefónicas se graban por millones y en chips se pueden archivar en un cajoncito, de hecho en muchos. En otro 'cajoncito' están millones de nombres de personas con teléfono, con computadora y correo electrónico.
 
 
No se necesita escuchar todas las conversaciones: únicamente las de personas que están siendo vigiladas por alguna razón. Pero usted, que no se ha metido en nada, un día en el banquete de la boda de un amigo se va de la lengua. Alguien lo contará por ahí y en cuestión de minutos se buscará su nombre, se le identificará y, entonces sí, comenzarán a escuchar las conversaciones que usted haya mantenido desde mucho tiempo atrás.
 

Pero no se preocupe: así vive todo el mundo hoy, aquí, en el país vecino, en Italia, en Australia y seguramente en Andorra.
 
 
Sólo el Valle del Mezquital, quizá, estará todavía libre de escuchas y de censura electrónica.
 
Pero eso durará poco.