Opinión

El país de la indignación
y la mentira

 
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Mentiras (Shutterstock)

La mentira, en política, es un negocio muy redituable. Se miente en las campañas para alcanzar el poder. La impunidad declarativa es absoluta. Se miente el día de la elección cuando todos se proclaman ganadores. Se miente en el gobierno al inaugurar obras inconclusas. Se miente con frases huecas y con estadísticas en mano. Se miente en la declaración de bienes; se miente por costumbre a los medios y al votante. Vivimos en el país de la mentira y de la simulación.

Hace 70 años se estrenó en el teatro de Bellas Artes, a sala llena, El gesticulador, de Rodolfo Usigli. La obra maestra de este autor al que muchos consideran el mejor dramaturgo mexicano y otros, más aún, el mejor escritor dramático en lengua española del siglo XX. No fue fácil llevarla a escena. Carlos Chávez, entonces director de Bellas Artes, se opuso. Xavier Villaurrutia decía que era una “pieza de carranclanes”. Pese a todo se estrenó, en medio de una gran expectación, el 17 de mayo de 1947. Sin exageraciones puede decirse que esa noche nació el teatro mexicano de nuestro tiempo.

El teatro no es un género muy fecundo en nuestras tierras por la misma razón que nuestra democracia parece sostenida por alfileres. En el teatro se escenifican nuestras contradicciones a través de los diálogos. El espectador se ve reflejado en lo que ocurre en el escenario. El teatro es una crítica en vivo de la sociedad y, en sus momentos más altos, del ser humano.

La política es un teatro de pasiones sociales que se expresan en la plaza pública. A menor democracia, peor teatro. Pero también para lograr una madurez republicana es necesario el desarrollo de las artes escénicas. Toda su vida –como actor, director, traductor, crítico y sobre todo como autor– Rodolfo Usigli luchó por el desarrollo del teatro mexicano. Hoy sus obras no se representan. No es difícil encontrar las causas de ese 'olvido'. Como casi ningún otro autor, Usigli nos restriega nuestra hipocresía. El teatro revive y se actualiza con nuevas puestas en escena. El teatro de Rodolfo Usigli (como las aproximaciones al mexicano de Samuel Ramos y Octavio Paz) indaga sobre el origen de nuestras mentiras, nos brinda una clave para ver de frente la honda simulación de nuestra vida pública.

Una mañana de 1937, mientras se afeitaba, Usigli concretó una idea que le rondaba desde su temprana juventud: la de un hombre que, al ponerse un sombrero con insignias, se transforma en general. Un travestismo gesticulante. Esa idea, cuenta Usigli, “se conectó con una preocupación que me absorbía: el problema psicológico del mexicano”. En 1929, a los 24 años, como joven vasconcelista, Usigli fue testigo del fraude y la violencia electorales, hecho que lo marcó con el fuego del escepticismo el resto de su vida. Por un tiempo fue jefe de prensa del gobierno cardenista, y como tal, observador privilegiado de la descarada corrupción de los dirigentes revolucionarios. En 1936, con una beca Rockefeller, viajó a la Universidad de Yale para estudiar composición dramática. Se propuso a su regreso debatir en escena los problemas del aquí y ahora. Aunque escrita en 1938, El gesticulador pudo representarse hasta 1947, y por escasas dos semanas, tras las cuales la retiraron en medio del escándalo.

¿Cuál era el 'problema psicológico del mexicano' que Usigli quería llevar a escena? La indignación, la simulación y la mentira. Para Usigli la indignación era la actitud mexicana por excelencia. “Ser mexicano es vivir indignado”, escribió. Refiriéndose a El gesticulador, Octavio Paz observó en El laberinto de la soledad: “La simulación… es una de nuestras conductas habituales. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí su fertilidad.”

En El gesticulador, obra maestra sobre la forma de hacer política y el ser del mexicano, el Profesor Rubio, el protagonista, se convierte en el General Rubio y al operar esa simulación se transforma en lo que deseaba ser: el revolucionario puro que daría un nuevo impulso a la corrupta revolución que ya a mediados de los años treinta había perdido el rumbo.

A pesar de que hace tiempo no se escenifica, El gesticulador está presente de forma cotidiana en nuestra vida pública: en el político que se cree puro y que piensa que al acceder al poder, con su aura, impedirá que los ladrones dejen de robar y los corruptos dejen de recibir moches y mordidas. Está presente en los panistas que extraviaron la decencia. En los perredistas que perdieron el norte de la izquierda. En los priistas que, huérfanos del nacionalismo revolucionario, abrazaron con pasión la ideología del latrocinio.

Simulamos vivir en democracia. Simulamos la autonomía de las instituciones autónomas. Simulamos para engañarnos a nosotros mismos. Pero es claro que esto no puede seguir así. A propósito de Usigli, en uno de sus indispensables Inventarios, José Emilio Pacheco escribió que “hay, puede haber, debe haber otra vida distinta al simulacro de existencia que padecemos”. Rodolfo Usigli, ciudadano del teatro, mexicano ejemplar, aspiró a vivir en un país regido por la decencia. Un país con “una vida más justa para todos y una conciencia solidaria de que el prójimo existe”.

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