Opinión

El otro 10 de mayo

 
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Miriam Rodríguez

Para Miriam Rodríguez, una de muchas madres amorosas que no se cansan.

Un día tu hija no llega a cenar a la casa. Pasa la hora acordada y piensas: La tarea fue mucha, el camión no pasaba a tiempo, los amigos siguieron la charla, el tráfico de la ciudad la detuvo más de lo usual.

Después de la segunda hora de retraso sabes que eso ya no es normal, que ella habría avisado. Los primeros intentos fallidos de contactarla dificultan tu respiración, generan pesar en el pecho y sientes algo muy parecido a electricidad en el estómago.

Después de cientos de llamadas perdidas, de varias horas de incógnitas, de miedo, de mensajes con sus compañeros que la vieron por última vez, después de hacerte mil especulaciones decides acudir a la Policía para pedir auxilio. Con indiferencia, te explican que deben pasar dos días para iniciar la investigación. El oficial sugiere que probablemente tu hija se fue con el novio, que los jóvenes son así o que en una de esas andaba por malos pasos. Te recomienda no preocuparte, esperar en casa y no hacer mucho alboroto.

Publicas una fotografía suya en redes sociales, pides que sea compartida por todos lados. Tocas las puertas de clínicas y hospitales de la región para ver si está herida y no pudo darte noticia. Repasas las agencias del Ministerio Público por si la hubieran detenido. Pides en los medios locales que transmitan tu caso, con la esperanza de que esté bien y no sepa que están buscándola. Te apoyas en tus amistades y una de ellas te presenta a un colectivo de padres y madres que buscan a sus hijos desaparecidos.

Lloras mucho; suspiras la angustia, mejor dicho. No te permites pensar que le ha sucedido algo malo, pero esa sombra camina contigo mientras buscas. Te descubres pensando en los peores escenarios, pero segundos después, como en un trance, imaginas que la abrazarás en cualquier momento. El ciclo que se repite todo el día.

Y no será hasta mañana que las autoridades te ayuden a buscarla.

En nuestro país esta historia se vive cotidianamente. A marzo de 2017 se contabilizaban alrededor de 30 mil personas desaparecidas en México, y ninguna latitud se exenta. Ninguna edad, profesión, grupo social, credo o sexo se encuentra a salvo.

A estas alturas de la crisis se esperaría una respuesta contundente por parte de las autoridades, algo de responsabilidad y estrategia, un poquito de vergüenza o empatía. Hoy resulta que ha sido pedir demasiado.

Los protocolos, fiscalías especializadas, medidas cautelares, los radares y demás tecnología de punta, todo aparentemente es menos efectivo que la determinación de una madre que busca la verdad, un abuelo que no se rinde o un padre que demanda justicia. Estas valientes personas han tenido que salir a buscar a sus familiares con sus propios recursos para responsabilizarse de aquello que no hacen las fiscalías. La negligencia, la omisión e incluso el abandono por parte de los gobiernos locales es imperdonable. La incapacidad y, en algunos casos, complicidad de los actores estatales es alarmante.

Miriam Rodríguez, en Tamaulipas, fue una activista como tantos familiares de víctimas que se encargaron de hacer lo que no pudo hacer la autoridad: buscar a sus hijos, encontrar lo que les sucedió, hacerse de pruebas, identificar a las personas responsables, hallar cuerpos, excavar fosas clandestinas y hacer hasta lo imposible para que los delincuentes llegaran a prisión. Su determinación llevó a la justicia a una docena de personas, pero este 10 de mayo, presumiblemente por venganza, fue asesinada.

Hoy quisiera hacer un reconocimiento al amor y la dedicación con la que Miriam buscó a su hija y contribuyó con la búsqueda de más personas desaparecidas. Quienes cometieron este ruin crimen no sabían que lejos de intimidarnos, nos han hecho ver con más claridad la causa.

Miriam fue y será un ejemplo de dignidad, de un activismo generoso que nos une como sociedad para combatir estos dolorosos e intolerables crímenes y para denunciar la terrible inacción gubernamental. Descanse en paz.

El autor es diputado independiente.

Twitter: @pkumamoto

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