Opinión

¡El oro es de todos!


 
 
 
La abuela María Guadarrama dijo en su lecho de muerte a sus hijos y a sus nietos que desde la época de Maximiliano y Carlota sus antepasados habían enterrado, en el subsuelo de aquella casa en la que se moría, varios lingotes de oro cuyo precio en el mercado podría ser ahora de unos diez millones de dólares.
 
 
La pena por el fallecimiento de la abuela fue sobradamente compensado con la noticia, así es que la familia, numerosa y dada a las celebraciones, festejó ruidosamente su enterrada fortuna.
 
 
De recursos escasos, la familia Guadarrama y varias de sus ramas vieron nublarse su alegría porque en cuanto quisieron sacar aquella riqueza se enteraron de que, por quién sabe qué causas geológicas e ingenieriles, hacerlo era carísimo.
 
 
Sin dinero para poder extraer los lingotes pasaron varias generaciones. No haber disfrutado de la riqueza no impedía que las docenas de parientes gozaran de la fama propia de los industriales del oro, pues ellos mismo habían extendido la información sobre su fortuna de subsuelo.
 
 
Algunos de los parientes hicieron grabar en puertas y prendas de vestir la frase: 'El oro es nuestro', lo que los identificaba a tal punto que aun cuando no se conocieran se estrechaban la primera vez que se veían. Compartían una riqueza imposible.
 
 
Un día, Genaro, nieto de los nietos de María Guadarrama, llegó con la noticia de que se podría contratar a una empresa para que extrajera el oro. Sería un contrato de servicios, dijo. Pedimos un préstamo y pagamos. ¿Y si no hay tales lingotes?, preguntó alguien. Si no hay, a ver cómo nos desembarazamos de la deuda. A la quiebra, concluyeron. Mejor no arriesgar, lamentaron los integrantes familiares.
 
 
Pasaron algunos años hasta que Gualberto, hijo de Genaro, propuso una solución. Se trataba de hacer un contrato de utilidades compartidas. ¿Qué es eso? Pues más o menos es así: firmamos un contrato con una empresa extractora; la empresa paga todos los gastos, y si los lingotes existen, compartimos las utilidades.
 
 
¿Compartir las utilidades?, se indignaron algunos. ¿Por qué, si el oro es nuestro? Preferimos que los lingotes sigan allá abajo, nuestros para siempre. Además, la empresa ganaría mucho porque por más que cueste sacar el oro, su precio es altísimo, ¿por qué vamos a enriquecer a otro?
 
 
No, no, trató de explicar Gualberto. No es un contrato de renta compartida sino de utilidad compartida. Acordamos con la empresa que contratemos una utilidad razonable y eso es lo que compartimos. El oro es como el petróleo: nadie lo hace. Hay que sacarlo. El dueño del terreno se queda con la renta y comparte una utilidad proporcional al costo de extraerlo.
 
 
La última vez que vi a Gualberto, me dijo que esperaba llegar a un acuerdo con todos los representantes de las familias derivadas de María Guadarrama. Sé que ahora mismo están negociando la posibilidad de firmar esos contratos de utilidad compartida.
 
 
Y sé que algunos parientes no quieren participar en el diálogo y que gritan a las puertas de la casa en la que se negocia el eventual acuerdo: ¡Traidores! ¡El oro es nuestro! Si lo sacamos, ¿qué será de nosotros?