Opinión

El origen de los deseos

   
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Ya alguna vez platicamos acerca de la importancia de las ciudades en la construcción del mundo actual. Pero creo que no profundizamos en el proceso mediante el cual las ciudades alteraron la distribución del poder. Aunque las primeras ciudades datan de hace 10 mil años (Jericó, Çatal Hüyük), en realidad las ciudades como elemento de poder diferente del tradicional son mucho más recientes. Creo que las primeras que podemos encontrar son del Mediterráneo hacia el siglo VII ANE; es decir, hace como 3 mil años. Nosotros las llamamos genéricamente griegas. En algunas de ellas se experimentó una forma diferente de distribución del poder, no a un solo hombre o a un pequeño grupo, sino a los ciudadanos en general (que no eran la mayoría de los habitantes). El caso más famoso es Atenas, sin duda. Para el siglo IV ANE ya no existía ese experimento.

Un segundo intento ocurre hacia el siglo XIII, en la parte norte de Italia, gracias al conflicto entre el Sacro Imperio y el Papa. Negociando con los dos lados, algunas ciudades logran “independizarse” y gobernarse con su ciudadanía, casi siempre concentrada en los notables. En el siglo XIV se fueron opacando estas pequeñas repúblicas, y aparecieron otras en el norte de Europa, organizadas en algo llamado “Liga de la Hansa”. Tampoco duraron mucho tiempo.

La tercera es la vencida. Las ciudades de los Países Bajos repiten el experimento en el siglo XV, y se enfrentan al Imperio en el siglo XVI. A diferencia de los dos intentos previos, éste tiene éxito. Creo que un elemento determinante en este resultado fue el impacto de la imprenta, que permitió la aparición de una nueva forma de pensar en ese siglo y llevó a una recomposición general de Europa en la guerra de los Treinta Años. Ese experimento no terminó pronto, sino que se extendió a Inglaterra en el siglo XVII, y de ahí a América y por contaminación al resto de Europa en los siguientes siglos. Es el experimento que vivimos, ya extendido masivamente en el siglo XX.

En todos los casos, el proceso consistió en una disputa entre imperios, que fue aprovechado por las ciudades para negociar mejores términos. En el último, acabamos inventando una nueva forma organizativa, la Nación. A través de ésta, los ciudadanos fueron tomando todo el poder, hasta eliminar nobles y monarcas. Algunos han sobrevivido como referencia, nada más. Pero cuando se acaba con el enemigo, ya se sabe, empieza la guerra intestina. La disputa entre diferentes formas de organización ciudadana ocurrió precisamente en el siglo XX, entre la democracia liberal, el totalitarismo fascista y el comunista. El primero fue derrotado en la II Guerra, y el segundo hace menos de 30 años. Recuerde, fue el tiempo de la masificación: política, productiva, mediática.

Ese “fin de la historia” se convirtió en un proceso de conflicto al interior de la democracia liberal. Sin enemigo, termina el consenso y, gracias a las redes, proliferan ideas sobre las cuales organizar a la sociedad. Ya no es una lucha entre obreros e industriales, entre sindicatos y cámaras, entre izquierda y derecha. Es una lucha entre centenares de grupos con una idea central, que puede ir desde preferencias sexuales hasta derechos de animales, pasando por ideas acerca de la pureza alimentaria, espiritual, ambiental, y prácticamente cualquier cosa en la que usted pueda pensar.

Esa dispersión premia a líderes irresponsables que pueden ofrecer cumplirle a cada grupo. Ya hablamos hace algunos días de viejos políticos que hacen esto: Sanders, Corbyn, Trump mismo. Los dos primeros no han tenido que responder, el tercero lo intenta y no puede, de forma que lleva al sistema hasta sus límites. En eso estamos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

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@macariomx

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