Opinión

El origen de la desigualdad

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[Cuartoscuro] Subraya que el continente es el que más registra desigualdad social en todo el mundo. 

La semana pasada estuvimos platicando de desigualdad, aprovechando la reciente publicación de la Encuesta de Ingresos y Gastos de los Hogares para 2014, del Inegi. Ya usted sabe que no hay gran cambio con las mediciones anteriores, y seguimos en un nivel de desigualdad que es de los más altos del mundo, pero al mismo tiempo es lo más bajo que hemos tenido, desde que se mide. Visto contra el resto del mundo (especialmente los países desarrollados), estamos mal. Visto contra nosotros mismos, el asunto es diferente. No como para festejar, pero evidentemente en este siglo XXI las cosas han sido menos malas que en el anterior.

Le había comentado que América Latina es el continente con mayor desigualdad en el mundo, aunque ocasionalmente algún país africano compite con nosotros. La causa de esta desigualdad, según toda la evidencia que tenemos, se encuentra en el siglo XIX. Nos independizamos de España justo cuando en ese país empezaban los cambios, para evitar que nos llegaran. Fue una independencia conservadora, en la que los poderosos de acá decidieron alejarse de España para no perder sus privilegios. Burocracia, comerciantes e Iglesia financiaron y en algunos casos dirigieron las independencias para eso.

Cuando inicia el gran crecimiento económico en el mundo, especialmente después de 1870, Europa se enriquece y paulatinamente se hace más igualitaria; invaden África y la saquean, y por eso es hoy el continente más pobre; fuerzan gobiernos en Asia para comprarles, a cambio de control político e inversión; y en América Latina les basta con comprarle a las élites, es decir los grupos que controlaban las naciones de nuestro continente, los mismos que se habían independizado. Para no ser injustos, debo aclarar que en el caso de México esto no es totalmente exacto, porque la Guerra de Reforma permitió a otro grupo diferente estar en el poder para ese tercio final del siglo XIX: los liberales. Ellos son los que cosechan.

En cualquier caso, la gran desigualdad latinoamericana inicia en ese fin del siglo XIX, y se mantiene durante el siglo XX. Aunque hubo una reacción en contra del gran enriquecimiento de las élites, que podemos ejemplificar con la Revolución Mexicana, al final no pasó nada muy relevante. Los ganadores de la Revolución se asociaron con las viejas familias, y mantuvieron e intensificaron el capitalismo de compadres (crony capitalism) que nos mantiene en primeros lugares de desigualdad todavía hoy.

Terminar con la desigualdad en América Latina implica reducir la relación entre poder económico y político. No eliminarla, porque eso es imposible, pero sí ponerla bajo límites, como lo hicieron en los dos siglos pasados los países que hoy son desarrollados. Esos límites sólo pueden existir a través de leyes y de su aplicación inmisericorde. No como decía Juárez, “a mis amigos, justicia y gracia; a mis enemigos, justicia a secas.”

Por ejemplo, leyes acerca de competencia económica, que impidan los abusos de empresarios oligopólicos. O leyes contra la corrupción, que impidan la captura del Estado por parte del poder económico. O reglas muy claras para la asignación de programas sociales, para impedir el clientelismo y la asociación entre líderes sindicales (o sociales, en general) y políticos.

Todo eso no existió durante el siglo XX. En el régimen de la Revolución, no había leyes de competencia económica (la primera es de 1992), y la corrupción y el clientelismo prácticamente definían al régimen. Los primeros programas sociales razonablemente dirigidos a los pobres (y no para control político) son de 1997. La primera legislación seria contra la corrupción es la promovida este año por la sociedad civil.

Sigo con el tema, pero si usted quiere profundizar de verdad, lo detallo en El fin de la confusión, publicado por Paidós.

Twitter: @macariomx

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