Opinión

El orate vociferante

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Donald Trump, durante un evento de campaña. (Reuters)

Donald Trump es un destacado empresario estadounidense en el sector de bienes raíces. Tal vez su celebridad se acuña en los años 90 cuando su primera “Trump Tower” se convierte en un ícono de la nueva arquitectura de los rascacielos para vivienda, llena de lujo y glamour. A partir de entonces, el hábil empresario del bisoñé rubio-platinado, se convierte en obligado referente neoyorkino, cuando se trata de personalidades, mujeres guapas y fortunas importantes.

En las últimas dos décadas, los medios norteamericanos y después los del mundo, lo han visto acentuar sus preferencias por las pasarelas, la atención mediática, las declaraciones llamativas y la elaborada construcción de una personalidad polémica. Ha aparecido en series de televisión, en películas, en juegos de beisbol y en todo aquello que implique estar ligado al espectáculo y a la más primaria de las celebridades: la de la intrascendencia. Nadie podría criticar que ha sido muy exitoso en forjarse una imagen de un empresario llamativo, escandaloso, siempre controversial.

Jamás imaginó que la torpeza inaudita de sus declaraciones anti mexicanas y anti inmigrantes, podrían acarrearle no sólo la polémica que persigue y los encabezados que disfruta, sino sobretodo, graves consecuencias de negocio.

La decisión de la cadena Univisión de cancelar la transmisión del concurso Miss Universo –del que Trump es propiestario- significó cancelar un negocio de 15 millones de dólares, mientras que la más reciente decisión similar de NBC de cancelar todo “trato o acuerdo de negocios” con el señor Trump puede tener aún consecuencias mayores.
El tamaño de su torpeza y de su ignorancia, son sólo comparables con su incapacidad política. Donald Trump anunció su aspiración para contender por la candidatura republicana a la Casa Blanca, sustentando su “campaña” en la construcción de un muro –“creánme, nadie hace muros como yo”- en la frontera con México, -“por que de México sólo recibimos la peor escoria de asaltantes y violadores”-. Alguien podría informarle a este palurdo de los rascacielos, el tamaño de la contribución hispana –primera categoría- a la economía estadounidense en los últimos cinco años; o mejor aún, de la aportación de la comunidad mexicana o de origen mexicano –segunda categoría- a la economía de su país y ya para cerrar, de la nada despreciable aportación de la comunidad “inmigrante” –tercera categoría- buena parte de ella mexicana, a estados como California, Texas, Nuevo México y recientemente hasta las Carolinas o Washington.

Los republicanos no han sido exactamente exitosos en conquistar el voto hispano en la última década o década y media, y si Trump piensa –difícilmente- que con sus enloquecidas afirmaciones será capaz de reunir y atraer la atención del sector más conservador de su partido, me resulta difícil creer que un liderazgo partidista que busca un candidato capaz de comunicar con la comunidad hispana, de conectar con sus necesidades al tiempo que sostiene los principios del partido, lejanamente lo podría considerar entre sus opciones.

Pero como resulta inverosímil que este orate vociferante realmente considere ser candidato presidencial, lo suyo es más el spotlight y la pasarela, que sin duda le han resultado redituables para negocios como los concursos de belleza, o los programas de televisión, lo que Trump quiere es abonar a su polémica personalidad y a su celebridad de pasquín barato.

Bueno, pues le tenemos noticias: hasta esas inversiones dejarán de ser rentables, porque nadie, cadena mediática, marca, firma u organización social y política, desea asociar su nombre al de un trasnochado racista, intolerante, políticamente incorrecto y repleto de beligerancia. Nadie va a manchar su prestigio y reputación con una “celebridad” como esta.
En los tiempos de la globalidad, de la apertura y la pluralidad, cuando la Suprema Corte decreta la “constitucionalidad” de los matrimonios del mismos sexo, resulta que Trump es un emisario del pasado, un vocero del conservadurismo más ofensivo y radical, alguien que, de ir a las urnas, no alcanzaría ni el 5% de los votos en ningún distrito.

Twitter: @LKourchenko

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