Opinión

El ominoso acuerdo laboral de Trump con Carrier

 
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Paul Krugman.

Todavía sigo dándole vueltas al reciente acuerdo de Donald Trump con Carrier, que sospecho será un modelo para los años de Trump en general: una y otra vez, veremos acciones que son ridículas en sí mismas pero que sumadas plantean un panorama muy aterrador.

Empecemos con la naturaleza ridícula de todo esto. Estamos hablando, resulta ser, de aproximadamente 800 puestos de trabajo en una nación de 145 millones de trabajadores. Aproximadamente 75 mil de ellos pierden su trabajo cada día laboral, según datos de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos.

¿Cómo es que algo que ni siquiera constituye un error de redondeo en el panorama general del empleo llega a dominar un par de ciclos noticiosos?

Y sin embargo, lo hizo; con cobertura abrumadoramente positiva, al menos en los noticieros de TV. Y eso es ominoso en sí mismo. Sugiere que gran parte de los medios de noticias —cuya crédula cobertura de Trump y ataque incisivo a Hillary Clinton ayudaron a llevarnos a donde estamos— serán aún peores, e incluso más falderos, ahora que este tipo ha sido elegido.

Mientras tanto, tal como escribió recientemente Larry Summers, el exsecretario del Tesoro, en un artículo para The Washington Post, el precedente —aunque mínimo— no es bueno: no sólo se trata de capitalismo de compadrazgo, es el gobierno actuando como esquema mafioso de protección, en el cual las compañías moldean sus estrategias para apaciguar a los políticos que las premian o castigan con base en la forma en que esas estrategias afecten a sus esfuerzos de relaciones públicas o sus fortunas personales, o ambos. Es decir, estamos viendo lo que bien podría ser el principio de un descenso hacia un gobierno de república bananera.

Como escribió Summers (léalo aquí: wpo.st/mGoJ2), esto es malo para la economía y para la libertad. Y tenemos todos los motivos para esperar más historias como esta en los próximos días.

LAS ESTADÍSTICAS NO TIENEN QUE SER POLÍTICAS
Veo que Tim Duy otra vez está enojado conmigo. La ocasión es más bien rara: escribí recientemente un breve documento de investigación sobre comercio y empleos, al que explícitamente etiqueté como 'nerd'.

El argumento del documento, como lo señalé, era reconciliar lo que parecían evaluaciones aparentemente contradictorias sobre los impactos del comercio sobre el empleo en la manufactura en general (léalo aquí: bit.ly/2hgVwpQ).

Pero Duy, un economista de la Universidad de Oregón, está enojado porque la “estadística pura sobre el comercio no está sirviendo para contraatacar a Trump”, según un comentario en su blog (aquí: bit.ly/2h7CoGG).

Ese no fue el motivo del ejercicio. Mi documento de investigación no fue un manifiesto político, y nunca afirmó serlo. Tampoco fue una defensa a las visiones convencionales sobre el comercio. El documento se enfocó en lo que dicen los datos sobre una cuestión en particular. ¿No tenemos permitido hacer dichas cosas en la era de Donald Trump? De hecho, quizás no.

Parte de todo el fenómeno Trump involucra a votantes blancos de clase obrera que apoyaron a un candidato que prometió devolver empleos industriales y en las minas de carbón del pasado, y atacar a cualquiera que se niegue a hacer promesas similares. No obstante, la promesa era, y es, fraudulenta. Si intentar hacer bien el análisis es elitista, estamos en serios problemas, y quizás así sea.

Entonces, ¿cómo sería un manifiesto político que apunte a ganarse a esos votantes? Podríamos prometer mejorar sus vidas en formas que no conlleven la recuperación de viejas plantas y minas, lo cual, como sabemos, fue lo que hizo el presidente Obama con la reforma al sistema de salud y que Hillary Clinton habría hecho con políticas para la familia y más. Pero eso, aparentemente, no es una respuesta aceptable.

¿Podemos prometer empleos nuevos y diferentes? La creación de puestos de trabajo bajo el gobierno de Obama ha sido bastante buena, pero no ha ofrecido empleos fabriles en los mismos lugares donde los empleos industriales se han erosionado.

Entonces, ¿quizás la respuesta sean políticas regionales que promuevan el empleo en regiones en deterioro? En principio, hacer esto ciertamente tiene caso, dado que los costos de desarraigar trabajadores y sus familias son más grandes que lo que les gusta imaginar a los economistas. No obstante, yo diría que el historial de las políticas de apoyo regional en otros países, que gastan mucho más en esas cosas de lo que probablemente gastaríamos nosotros, es bastante malo.

Por ejemplo, la enorme ayuda a la ex Alemania Oriental no ha evitado una reducción importante en su población, mucho mayor que la declinación poblacional de los Apalaches de las últimas décadas.

Y tengo que admitir una fuerte sospecha de que las propuestas a favor de políticas regionales que apunten a inducir la reubicación de industrias de servicios en el llamado Rust Belt no serían bien recibidas y serían atacadas como elitistas. La gente quiere que vuelvan esos empleos de manufactura, no algo distinto. Y es altanero e irrespetuoso decir que esto no puede hacerse, aun cuando sea la verdad.

Pero volviendo a mi punto original: cuando analizo los efectos del comercio sobre el empleo manufacturero, la meta es entender los efectos del comercio sobre el empleo manufacturero; no ganarme a los votantes. No, la estadística pura no es buena para las campañas políticas, pero eso no es motivo para prohibir las estadísticas.

Twitter: @paulkrugman

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