Opinión

El ombudsman y el derecho a la tranquilidad

El 17 de diciembre de 2013 el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos Raúl Plascencia presentó un informe sobre las autodefensas en Guerrero. En el boletín emitido sobre esa presentación se destaca que Plascencia “indicó que la seguridad pública del estado enfrenta un momento muy sensible y delicado, no sólo en el número de delitos que diariamente se cometen sino por la violencia presente en su comisión, así como por las estrategias ineficaces para el combate a la inseguridad, lo cual conlleva a que los derechos humanos se vulneren día con día”.

En virtud de lo anterior, la CNDH hizo “14 propuestas, una de ellas al Senado de la República al que le pide adoptar las medidas necesarias para analizar la situación que impera en el estado, propiciada por el abandono en el ejercicio de las funciones en materia de seguridad pública y vigencia efectiva de los derechos humanos que afecta la vida de sus habitantes”.

Si existió este informe, que aunque relativo a las autodefensas de Guerrero es en realidad una radiografía del cáncer de impunidad que padece esa entidad, ¿por qué luego no pasó nada? ¿Por qué ese extenso reporte de once tomos emitido ni más ni menos que por la CNDH no se convirtió en un revulsivo? Una respuesta a estas dudas llegó ayer, en una carta enviada al diario Reforma en donde el ombudsman reclama que no le respetan su “derecho a la tranquilidad”.

La historia es conocida. Reforma publicó el domingo un reportaje donde revela que el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos está por estrenar una casa de un valor aproximado de 20 millones de pesos (el sueldo sin bonos del ombudsman para todo su periodo no llega a ocho millones). El funcionario, porque es eso, un funcionario, no ha permitido que se conozca su declaración patrimonial así que es imposible saber si tenía (o tiene) otras propiedades o si ha tenido otros ingresos. El tono de la carta aclaratoria (que no aclara nada) de la CNDH al periódico delata que al funcionario le irritó sobremanera la nota. “El derecho a la tranquilidad la tienen todos los mexicanos, incluidos servidores públicos y los responsables de órganos autónomos y también los representantes de los medios”, se alega en la réplica.

Ante la emergencia en derechos humanos que vive el país en varios frentes, al ombudsman le preocupa su derecho a la tranquilidad. Esta frase podría dar cuenta de por qué su informe sobre las autodefensas de Guerrero emitido hace diez meses no tuvo ninguna trascendencia: porque él mismo no se la dio.

La fortaleza de la CNDH radica no en su amplio presupuesto, uno de los mayores a nivel internacional (ver reporte del CIDE al respecto), ni en su numerosa burocracia. Ni siquiera en tener buenos investigadores, que los tiene. No. Su peso radica en la calidad moral, ética y técnica (en ese orden) de su líder. Si éste no imprime pasión y compromiso en una agenda que logre hacer diferencias, de nada servirá el formalismo de una recomendación o de un detallado informe. Y todo lo anterior no se logra desde la tranquilidad. Ser incómodo es la esencia de un defensor de los derechos humanos. Si se nota que lo que un ombudsman busca es cuidar su derecho a la tranquilidad, nadie le hará caso.

Con la confesión de Plascencia, no resulta sorpresivo que ahora se diga en los corrillos que la CNDH realizó las primeras diligencias en el caso Tlatlaya el 18 de septiembre, es decir 78 días después de la ejecución de los presuntos delincuentes. Si lo que uno busca es tranquilidad, el tortuguismo y apostar al olvido de todos es una gran estrategia.
El azar quiso que la renovación de la presidencia de la CNDH coincidiera con la más grande crisis de derechos humanos en mucho tiempo: soldados acusados de una matanza en una bodega en el Edomex y la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa en Iguala.

En la Presidencia de la República y en el Senado no deben confundirse. No es la coyuntura lo que ha complicado la aspiración de Plascencia por reelegirse. Es su vocación, añeja y consistente, de no ser incómodo ante los poderosos lo que ha echado por tierra las aspiraciones del actual ombudsman. Su perfil es justo el que no necesita el momento presente. Enrique Peña Nieto tiene frente a sí una pequeña puerta para empezar a encontrar salidas a la crisis por Tlatlaya e Iguala: debe alentar las condiciones para que el juego de la selección del nuevo titular de la CNDH sea uno que procure encontrar la antítesis de Raúl Plascencia, quien por la carta a Reforma ya sabemos que para su carrera política le gustaría el epitafio de: Buscó su tranquilidad.

Twitter: @SalCamarena