Opinión

¿El ocaso de Elba Esther?


 
Ubicada en el selecto grupo de invitados especiales que acudieron a Palacio Nacional para escuchar de viva voz el primer discurso de Enrique Peña Nieto como presidente de la República, la maestra Elba Esther Gordillo, costosamente ataviada con ropa y bolso de marca, como ya le es característico atraía comentarios y miradas.
 
Más aún cuando el nuevo mandatario dio la bienvenida a Josefina Vázquez Mota, la derrotada candidata presidencial del PAN y acérrima enemiga de la lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) desde que se desempeñó como secretaria de Educación Pública, en los primeros años del gobierno de Felipe Calderón.
 
Casi frente a la profesora, en las butacas que alojaban a los miembros del gabinete, otro enemigo de la maestra, el exgobernador del Estado de México Emilio Chuayffet, con quien había tenido un público encontronazo cuando ambos eran diputados, lo que derivó en la renuncia de Elba Esther al PRI y el surgimiento de su propio partido, el Panal.
 
El entorno no lucía favorable para la maestra, por más que en los minutos previos al discurso de Peña Nieto había recibido los saludos atentos de lo más granado de la clase política, empresarial y, por supuesto, sindical del país.
 
Las cosas empeoraron cuando en su alocución Peña Nieto anunció que la educación sería una de las prioridades de su naciente gobierno, que el Estado y nadie más tendría las riendas de esa actividad fundamental para el país y que desaparecería de una vez por todas la nociva práctica de heredar o vender plazas magisteriales, en una clara alusión a la ya proverbial fama que en ese sentido arrastra el SNTE.
 
Un ¿nuevo quinazo?, pensaron algunos y discretamente volvían la vista hacia la maestra, que impasible se unía al aplauso que siguió al pronunciamiento de Peña.
 
Otros, más enterados, no apoyaron esa hipótesis y recordaron que la maestra, que había sido el instrumento del expresidente Carlos Salinas para deponer al también sempiterno líder magisterial Carlos Jonguitud Barrios hace ya más de 20 años, se las había arreglado para transitar por caminos de adversidad en algunos momentos de los gobiernos de Ernesto Zedillo y de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón.
 
Sin embargo, las especulaciones en torno a la inminente debacle política de la maestra renacieron días después, cuando Peña envió al Congreso de la Unión su proyecto de Reforma Educativa, mismo que fue bien recibido por los coordinadores parlamentarios de los tres principales partidos.
 
Para sorpresa de propios y extraños, el SNTE y por supuesto la maestra Gordillo no rechazaron la propuesta de Peña, sino por el contrario, en voz de su secretario general, Juan Díaz, la respaldaron en prácticamente todos sus términos.
 
Eso sí, el profesor Díaz aprovechó para aclarar que los verdaderos enemigos de la educación y el gobierno no son sus agremiados, sino los de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), disidente del sindicato de Elba Esther y que casi de inmediato efectivamente rechazó la propuesta de Peña y anunció la realización de marchas y plantones en todo el país para evitar que avance en el Congreso.
 
Como en las artes marciales, la maestra Gordillo aprovechó el impulso del golpe para reposicionarse y dejar intactos los principales atributos de su sindicato, cuya fuerza política reside en su membresía de más de 1 millón de mentores, lo que lo hace el más grande de América Latina, y sobre todo en su poderío económico, que se mantiene intacto lo mismo que su probada capacidad para influir y en ocasiones decidir procesos electorales, desde comicios presidenciales, como ocurrió con Calderón, hasta una diversidad de competencias por gubernaturas y hasta presidencias municipales.
 
De ahí que pareciera aún prematuro declarar el ocaso y mucho menos el derrumbe del poderío político-económico de la maestra Gordillo, quien por lo demás fue aliada de Peña Nieto, aunque no del PRI, en la pasada campaña presidencial.
 
PRI, PAN y PRD alistan armas
 
Con miras a los 14 procesos electorales que habrá en diversos estados de la República en 2013 y con la vista puesta en los comicios de mitad de sexenio de 2015, los principales partidos políticos: PRI, PAN y PRD han comenzado a velar armas y sobre todo a tratar de consolidar sus militancias.
 
A la dirigencia nacional del tricolor llegó el exgobernador del Estado de México César Camacho Quiroz de la mano de Ivonne Ortega, la exgobernadora de Yucatán, quien ocupa ya la secretaría general del partido, en sustitución de la dupla integrada por el hoy secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, y la senadora Cristina Díaz.
 
El relevo en el tricolor fue terso, prácticamente a mano alzada, como en los buenos viejos tiempos, con lo que quedó clara, por si alguna duda hubiese, la enorme sinergia entre la avenida Insurgentes y Los Pinos, lo que al menos por ahora allana el camino para la nueva dirigencia del tricolor.
 
No ocurre lo mismo en el PAN, donde persiste el choque entre la dirigencia encabezada por Gustavo Madero y los llamados calderonistas, que no cejan en su idea de relevar a su actual líder, a quien culpan en mucho de la derrota en las elecciones presidenciales de julio último, y colocar en su lugar a alguien que pueda hacer renacer al albiazul, entre quienes mencionan a la exprimera dama Margarita Zavala e incluso a Josefina Vázquez Mota, que se atribuyó para sí los 12 millones de votos que obtuvo ese partido en los más recientes comicios generales.
 
Madero desestima todos estos intentos, anticipa que cumplirá la totalidad de su gestión que concluye en diciembre de 2013 y que habrá una disminución importante en la militancia del PAN, ya que ésta creció en los sexenios de Fox y de Calderón no por convicción de muchos de ellos sino por el hecho de que se afiliaron al partido "en busca de chamba".
 
Situación similar vive el PRD, cuya dirigencia encabezada por los 'Chuchos', con Jesús Zambrano como líder, sufre un doble embate: de un lado, las aspiraciones del exjefe de Gobierno del Distrito Federal para ser el líder de ese partido como plataforma personal para impulsar su autoanunciada candidatura presidencial para 2018, y de otro, la labor de zapa que realizan los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador, que busca impulsar su propio partido (Morena) a partir del llamado Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), lo que deja ver una división más en la izquierda mexicana.