Opinión

El nuevo rostro de Perú

La semana pasada se llevó a cabo la segunda Cumbre de América del World Travel & Tourism Council. La primera fue hace dos años en la Riviera Maya y esta vez la sede elegida fue Lima, Perú, lo cual llamó la atención ya que podría haber muchas otras ciudades más llamativas para realizar este evento.

Durante muchos años, la imagen que el mundo tuvo de Perú fue la de un país pobre, el cual sólo tenía un motivo para visitar: Machu Picchu. Aunque a inicios de la década de los sesenta del siglo pasado surgió un escritor del tamaño de Mario Vargas Llosa –que 47 años después ganaría el Premio Nobel de Literatura–, a esta nación sudamericana se le identificaba más con el grupo terrorista Sendero Luminoso, gobernantes populistas, personajes contradictorios como el presidente Alberto Fujimori –hoy en la cárcel– y la corrupción de Vladimiro Montesinos.

Hoy, Perú sigue siendo un país emergente, con pobreza, pero la percepción que el mundo tiene de él ha cambiado. Algo pasó en los últimos años, que ha venido modificando su imagen, quizá más en un sentido de percepción que de realidad, pero ha sucedido.

En 2007, Machu Picchu fue revalorado al quedar en la lista de las Siete Maravillas del Mundo Moderno –al igual que Chichén Itzá–; sus últimos presidentes han resultado políticos más serios que los anteriores y ha dado un gran impulso a la que algún día, no muy lejano, será su principal industria: el turismo.

Curiosamente, aunque la cultura inca y Machu Picchu se mantienen como la máxima joya de sus atractivos, el segmento que en los últimos años han tomado como bandera para conquistar al mundo y motivar a los viajeros a visitar este país es la gastronomía, lo cual México no ha sabido aprovechar a pesar de que en 2010 nuestra cocina tradicional fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

En la actualidad, la gran “celebridad” de Perú ya no es Abimael Guzmán (líder de Sendero Luminoso, encarcelado desde hace 22 años y condenado a cadena perpetua), sino otro tipo de personajes como el chef Gastón Acurio, quien posee una cadena de 44 restaurantes alrededor del mundo, entre ellos los “Astrid & Gastón”, uno de los cuales se encuentra en Polanco. A este cocinero habría que dedicarle un espacio exclusivo, pero por el momento podemos decir que se le considera el artífice de la revaloración y el relanzamiento de la comida peruana a nivel global.

Este impulso a la gastronomía de Perú fue coincidente con la determinación de su gobierno de apostar a la industria turística como uno de los puntales de su economía, a lo cual han destinado presupuesto y diseñado exitosas campañas de promoción, además de un cuidadoso trabajo de relaciones públicas.

El resultado ha sido que ahora el turismo aporta 9.3 por ciento de su Producto Interno Bruto (más que en México), contribuye con 7.7 por ciento de los empleos del país y recibe a tres millones 200 mil visitantes extranjeros, que dejan una derrama de tres mil millones de dólares.

Con respecto a 2012, el año pasado creció a tasas de dos dígitos: 11.2 por ciento en arribo de turistas y 12.6 por ciento en captación de divisas (muy por arriba de lo registrado en nuestro país en ambos rubros), y calculan que en los próximos diez años su contribución al PIB crecerá en promedio 6.1 por ciento anual.

El turismo le ha cambiado el rostro a esta nación y no estaría de más que varios países de la región estudiarán cómo le hizo, para replicar el modelo.

EN LOS ALREDEDORES

Con relación a la columna de la semana pasada, el secretario de Turismo de la ciudad de México, Miguel Torruco, me envió el siguiente comentario:

“La invitación a ser secretario de Turismo fue hecha sin ninguna recomendación de mi familia política ni de mis entrañables amigos la familia Alemán.

“Estoy por cumplir 44 años en el maravilloso mundo del turismo y este mes cumpliré 63 años de edad y, mi querido Gustavo, ya estoy lo suficiente madurito para que mi propio trabajo a lo largo de los años me recomiende por sí mismo.

“Te mando un fuerte abrazo”.