Opinión

El NO en Colombia

   
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colombia. (Reuters)

Con tristeza por la muerte de un mexicano valiente, honesto, sin miedo a la verdad: Luis González de Alba.

La mayoría de los colombianos no rechazó la paz, sino esa paz.

Desperdiciaron una gran oportunidad para poner fin a más de 50 años de guerra, pero tienen sus razones y es lo que corresponde evaluar y corregir.

¿La paz a cualquier costo? Decidieron decir que no, pero eso no cierra otras alternativas.

La guerrilla de Colombia, las FARC, no es un movimiento solamente político, sino uno de los principales grupos de narcotraficantes de ese país.

Se trata de un grupo armado que secuestraba a cambio de dinero, y movía droga de Colombia hacia Europa vía Venezuela.

La alianza entre la guerrilla colombiana y generales venezolanos para facilitar el transporte de droga por ese país está ampliamente descrita en reportajes, testimonios y entrevistas.

“Las FARC no están aliadas al narcotráfico: son el narcotráfico”, me dijo hace algunos años un escritor colombiano.

La guerrilla se financiaba con el producto de la droga y pago por secuestros que realizaba.

Esa guerra contra el Estado y la población colombiana dejó 250 mil muertos y siete millones de desplazados que tuvieron que dejar sus tierras, plantaciones y hogares, por al acoso de las FARC que se quedaron con sus propiedades.

Al expresidente Uribe le secuestraron y asesinaron a su padre para quitarle el rancho.

¿Amnistía total? ¿Ahí no ha pasado nada en 52 años de matar, secuestrar y robar las tierras a los campesinos?

Ese es el problema. Para que haya perdón tiene que haber arrepentimiento. Eso es lo que, supongo, piensan los colombianos.

Parece de sentido común que los delitos de sangre no pueden quedar impunes.

Los que mataron, secuestraron, hicieron leva de campesinos para obligarlos a pasar a la guerrilla, ¿no van a tener ninguna sanción?

Según los acuerdos de paz, todos esos delitos de sangre serán castigados de forma mínima y en condiciones de privilegio. Y no habrá castigo para todos. Quienes los cometieron pueden ser candidatos a diputados, senadores o presidente la República.

Contra eso votaron en Colombia.

Todo acuerdo de paz implica sacrificar en algo a la justicia. No hay arreglos mágicos en que paz, justicia y víctimas queden satisfechos por igual.

Los colombianos dijeron no a este acuerdo y tendrá que modificarse. Las FARC deberán poner algo más de su parte.

El segundo genocidio más importante del siglo pasado ocurrió en Ruanda, donde los hutus y el gobierno masacraron a los tutsis –una minoría–, en una matanza de 800 mil tutsis, en condiciones extremadamente sanguinarias (1994).

En la catedral de Kigali, las mujeres fueron violadas delante de sus maridos, a quienes mataron, y a las embarazadas las extrajeron a sus críos del vientre y los ensartaron en bayonetas.

Con la victoria de la minoría tutsi –con el general Kagame a la cabeza–, no hubo revancha, sino reconciliación: todos los que reconocieran sus culpas y pidieran perdón, quedaron liberados y pudieron reintegrarse a la vida civil.

Tutsis y hutus han convivido en paz. Hubo perdón porque hubo arrepentimiento.

Tal vez algo así deba suceder en Colombia. O similar, pues los delitos de sangre no pueden quedar 100 por ciento en la impunidad.

Twitter: @PabloHiriart

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