Opinión

El niño perdido de París


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Edén

Edén, de Mia Hansen-Løve, registra veinte años en la vida de Paul (Félix de Givry), un DJ parisino, desde su adolescencia hasta su declive como un treintón que insiste en seguir de fiesta aunque hace tiempo que la vida prendió las luces, cerró la barra y puso Timbiriche. Como parte del dúo Cheers, Paul empieza su carrera más o menos al mismo tiempo que un par de DJs franceses llamados Guy-Man y Thomas, también conocidos como Daft Punk; pero esta no es la historia de un músico mediocre que intenta sobresalir a la sombra de otro exitoso, como una variación de Inside Llewyn Davis. La música y la evolución de Daft Punk es solo un contrapunto a la vida de Paul, un hombre que apenas si cambia físicamente a lo largo de la película, atorado en la alegría infecciosa del antro, las drogas y el vinil rasgado.

El éxito de Edén dependía de la habilidad de Hansen-Løve para vender la escena musical parisina como un espacio vibrante, entretenido, casi mágico, a diferencia de tantas películas que condenan la fiesta (y sus accesorios) sin la honestidad de mostrar qué tan rico es ceder a la tentación al principio.

Paul tira su carrera a la basura y se dedica de lleno a una profesión en la que rara vez está solo, de vez en cuando viaja al extranjero, y su prioridad (como él admite) no es tener comida en el refrigerador sino traer puesta una camiseta de la marca Paul Smith.

Por fortuna, Edén goza de una mirada imparcial, sin afecciones moralinas y estorbosas. No vemos a un pobre diablo arruinado por las drogas y el alcohol tanto como miramos a un joven incapaz de crecer porque quizás intuye que cambiar equivaldría a salir expulsado de su Edén nocturno. La película de Hansen-Løve podría llamarse Réquiem por un sueño, aunque en esencia es lo opuesto al infomercial antidrogas de Darren Aronofsky: el peor enemigo de Paul no es la cocaína, sino él mismo.

Solo eso valdría para recomendar Edén como una gran crónica de la juventud y su constante acecho de lo posible. La fuerza de los instantes que Hansen-Løve presenta se revela de forma acumulada conforme pasan los años en pantalla. A medida que Paul se resiste al cambio, Edén empieza a cobrar un tono incómodo, cargado de melancolía; la sensación de ser el último que queda en un festejo que acabó hace horas. Los raves, las conversaciones y los antros parecen vistos más en pasado que en presente, como rastros de instantes felices que el alcohol y las drogas fragmentaron: aquella madrugada en que Paul y sus amigos fueron a un restaurante y pidieron cuarenta ostiones, esa canción que tocó ese DJ en el momento preciso, esa noche en la que Arnaud insistió en poner Showgirls por quinta vez…

La naturaleza agridulce de Edén es su mejor cualidad: una historia sobre los dolores de la adultez pospuesta y un retrato de los momentos radiantes, confusos y memorables de una larga adolescencia. Luz y oscuridad, en el mismo cuadro, en la misma historia, como dice el poema de Robert Creeley, que no solo cierra sino define a esta extraordinaria película. Light at the opening, dark at the closing…

Twitter: @dkrauze156

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